
Armenia y Rusia rompen definitivamente💔 El nuevo plan de gobierno de Pashinyan explica las tres razones: 1️⃣ Falta de apoyo militar de la OTSC. 2️⃣ Un contrato de armas incumplido 3️⃣ La inacción de Rusia en Nagorno Karabaj.
En el discurso donde presentó su Programa de Gobierno 2026-2031, Nikol Pashinyan dijo algo que resume el estado actual de la relación entre Ereván y Moscú: que los hechos de 2021, 2022 y 2023 demostraron que Rusia “puede tener, en ocasiones, importantes limitaciones” para cumplir su histórico rol de garante de seguridad de Armenia. Esa frase, medida y diplomática en boca del primer ministro, es la versión oficial de un reclamo que sectores críticos de Rusia dentro de Armenia formulan en términos mucho más duros, hablando directamente de “traición”. Más allá del tono, conviene repasar los tres episodios concretos sobre los que se construye ese reclamo, porque los tres están, en sus líneas generales, bien documentados.
Armenia invocó formalmente sus tratados de defensa mutua con Rusia y con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) en al menos tres ocasiones tras choques armados con Azerbaiyán: el 14 de mayo de 2021 y el 13 de septiembre de 2022 ante la OTSC, y también de forma directa ante Moscú en septiembre de 2022. En esos episodios, Azerbaiyán había atacado territorio armenio reconocido internacionalmente, con muertos civiles y daños a infraestructura.
Ninguno de los pedidos obtuvo respaldo político-militar. La primera negativa la reportó TASS el mismo 14 de mayo de 2021, y medios como Vlast.kz confirmaron que ni siquiera se consideraba enviar fuerzas de paz kazajas al Cáucaso. La segunda negativa fue más explícita todavía: en septiembre de 2022, el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de la OTSC, Anatoly Sidorov, declaró —según recogió Gazeta.ru— que el apoyo militar a Armenia era “impensable” en ese contexto, invocando como razón formal que la frontera entre Armenia y Azerbaiyán no está delimitada.
En agosto de 2021, Armenia y Rusia firmaron un nuevo acuerdo de suministro de armamento. Su monto se mantuvo confidencial durante un tiempo, hasta que fuentes armenias citadas por 1in.am/1lurer.am confirmaron que ascendía a más de 400 millones de dólares, ya pagados por Ereván. Durante casi dos años, Rusia no realizó ninguna entrega, algo que el propio legislador ruso Konstantin Zatulin llegó a admitir en una entrevista radial, citando el conflicto en Ucrania como motivo.
Un matiz que agrego por fuera del documento original, porque cambia el cuadro: esa situación no quedó congelada para siempre. En enero de 2024, legisladores armenios reportaron un primer envío parcial de ese armamento, y a fines de ese mes el Ministerio de Defensa armenio calificó el problema como “mayormente resuelto”, sin dar detalles ni referirse explícitamente al contrato completo. Aun así, informes de finales de 2025 seguían estimando entre 250 y 400 millones de dólares en contratos militares rusos todavía sin cumplir con Armenia. Es decir: el reclamo no es una fabricación, aunque tampoco es del todo preciso decir, sin matices, que “nunca se entregó nada”; lo más ajustado es que hubo casi dos años de incumplimiento prácticamente total, seguidos de un cumplimiento parcial y tardío que continúa incompleto.

El tercer episodio es el más grave en sus consecuencias. La declaración trilateral que puso fin a la guerra de 2020, firmada bajo garantía del presidente ruso, encomendaba a un contingente de paz ruso mantener abierto el corredor de Lachín y garantizar la seguridad de la población armenia de Nagorno Karabaj. Desde diciembre de 2022, ese corredor quedó efectivamente bloqueado por activistas azerbaiyanos —una situación que la fuerza de paz rusa no revirtió—, y en septiembre de 2023 Azerbaiyán lanzó una operación militar que retomó el control total del territorio. En los días siguientes, prácticamente la totalidad de la población armenia de la región —unas 100.000 personas— huyó hacia Armenia. Numerosos observadores, organizaciones de derechos humanos y analistas describieron lo ocurrido como una limpieza étnica, aunque se trata de una caracterización interpretativa y no de un término con aplicación legal unánimemente aceptada; lo que sí está fuera de discusión es que la fuerza de paz rusa desplegada específicamente para evitar ese desenlace no lo impidió.
Estos tres episodios —y no una animosidad genérica hacia Rusia— son la base concreta sobre la que el propio Gobierno armenio construye hoy su política de “diversificación”: la compra de armamento a India y Francia, el acercamiento a la Unión Europea, y el respaldo a proyectos como el corredor TRIPP con Estados Unidos. Se puede discutir el tono con el que se los presenta —”traición” es una palabra de campaña, no de cancillería—, pero los hechos que sustentan el reclamo armenio no son, en sus líneas generales, objeto de disputa seria entre las partes.
Armenia está entrando en una fase en la que resulta difícil analizar sus medidas de política exterior de forma aislada. El propio Programa de Gobierno 2026-2031 empaqueta, en un mismo paquete, la redefinición de las relaciones con Rusia, la voluntad de presentar una solicitud oficial de adhesión a la UE, la lógica de una retirada definitiva de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la normalización con los países vecinos y un protagonismo creciente de Francia, Estados Unidos y otros socios. Pashinyan formula todo esto como “creación de alternativas”, argumentando que la falta de alternativas es, en sí misma, una amenaza a la soberanía.
Ahí es donde surgen las preguntas más difíciles. Redefinir la relación con Rusia no es un gesto meramente declarativo: Moscú ya aplica restricciones a las exportaciones armenias, y el propio ferrocarril bajo gestión rusa podría terminar excluyendo a Armenia de las oportunidades logísticas que promete abrir el TRIPP, tal como reconoció el propio Pashinyan en su discurso ante el parlamento. Al mismo tiempo, la nueva ofensiva económica de Estados Unidos contra Irán —el Departamento del Tesoro la describió esta misma semana como “la mayor ofensiva financiera jamás desplegada contra un adversario”— apunta ahora no solo a Teherán, sino a los países y redes que sostienen su comercio exterior. Eso pone en la mira, al menos en teoría, a un socio que Ereván todavía considera clave para su diversificación energética y comercial: el comercio con Irán representó unos 768 millones de dólares en 2025 (3,6% del comercio exterior armenio), y cerca de una quinta parte del comercio armenio transita físicamente por territorio iraní. Irán, para completar la paradoja, se opone abiertamente al propio TRIPP, por temor a perder influencia sobre el tránsito hacia Armenia.
Del otro lado, funcionarios europeos —de la propia Ursula von der Leyen hacia abajo— repiten con frecuencia que la UE y Armenia están hoy “más cerca que nunca”. Pero esa cercanía retórica convive con un camino de adhesión que sigue siendo largo, condicional y sujeto a reformas: Armenia todavía no presentó una solicitud formal de membresía, el diálogo de liberalización de visados recién está en marcha, y el propio Pashinyan insiste en que cualquier paso definitivo deberá pasar por un referéndum.
En otras palabras, la pregunta central ya no es solamente si Armenia se está alejando de Rusia. Eso, a esta altura, es un hecho consumado en varios frentes. La pregunta es si alguien calculó con qué, en qué plazos y con la participación de quién se va a compensar la eventual retirada de una presencia rusa que durante treinta años fue, a la vez, política, militar, económica y de infraestructura —y si las alternativas en danza (la UE, Estados Unidos, Irán, la propia región) están todas disponibles al mismo tiempo, o si, como sugiere el caso iraní, ayudar a construir una alternativa puede terminar complicando a otra.






