Tres años después del éxodo en Artsaj, el análisis expone el colapso de las garantías de seguridad de Rusia y la disolución de la región.

Día de la Deportación Forzosa de Artsaj: Tres años del fracaso del contingente ruso

Tres años después del éxodo en Artsaj, el análisis expone el colapso de las garantías de seguridad de Rusia y la disolución de la región.

🖤 Tres años después de la caída de Artsaj, la historia expone el fracaso de las garantías de paz rusas y el éxodo de cien mil personas. 🇦🇲

Hoy, 19 de septiembre de 2026, se celebró una procesión silenciosa de duelo a nivel nacional en el Panteón Militar de Yerablur, por iniciativa de los padres y familiares de quienes murieron en las guerras de Artsaj.

El 19 de septiembre se conmemora el Día de la Deportación Forzosa del Pueblo de Artsaj. El 19 de septiembre de 2023, Azerbaiyán inició operaciones militares a gran escala contra Artsaj, lo que provocó la deportación forzosa masiva de la población de etnia armenia y la despoblación de Artsaj.  

Conviene decirlo sin eufemismos: lo que ocurrió aquel día no fue una derrota militar aislada, sino el desenlace previsible de nueve meses de bloqueo que la comunidad internacional observó sin actuar y Rusia avaló sin chistar.

artsaj tres años

Una garantía de papel

El argumento que Moscú ha repetido desde entonces —que su misión de mantenimiento de la paz quedó “cualitativamente” limitada tras el reconocimiento armenio de la integridad territorial de Azerbaiyán en la cumbre de Praga de 2022— no resiste el contraste con los documentos. La declaración trilateral de 2020 no contempla ninguna cláusula que subordine el mandato del contingente ruso a ese reconocimiento. El despliegue tenía un plazo de cinco años, control expreso sobre el corredor de Lachín, y ese mandato seguía vigente cuando la carretera fue cerrada en diciembre de 2022.

Es decir: hubo una fuerza de 1.960 soldados con la misión explícita de garantizar la conexión entre Karabaj y Armenia, y esa fuerza no impidió un bloqueo de diez meses ni la ofensiva que le siguió. Cuando en febrero de 2023 la Corte Internacional de Justicia ordenó a Azerbaiyán garantizar la libre circulación por el corredor, la orden fue ignorada sin consecuencias visibles. Si una misión de paz no puede abrir una carretera bajo su propio control, ni prevenir un ataque militar, ni proteger a la población en el territorio que supervisa, la pregunta que se impone —y que el propio texto que motiva este análisis formula— es legítima: ¿para qué existía esa misión?

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El costo humano de la ambigüedad

Detrás de los tecnicismos diplomáticos hay una cifra que no admite matices: entre 100.000 y 120.000 personas debieron abandonar en cuestión de días una tierra que sus familias habitaban desde hacía generaciones. No se trató de una migración gradual ni negociada, sino de una huida bajo amenaza, con episodios como la explosión del depósito de combustible en la carretera Stepanakert-Askeran, que convirtió el intento de escapar en una tragedia adicional.

El Parlamento Europeo no eligió al azar la expresión “limpieza étnica” para describir el resultado final: una región con siglos de presencia armenia quedó, en cuestión de semanas, completamente despoblada de esa población.

A esto se suma un dato que rara vez ocupa titulares: los posteriores arrestos y condenas —incluidas cadenas perpetuas— contra buena parte de la antigua dirigencia de Artsaj en tribunales azerbaiyanos, procesos cuya imparcialidad han cuestionado organizaciones de derechos humanos. El desenlace judicial completa un patrón en el que la victoria militar se tradujo también en el borrado institucional y simbólico de la existencia política armenia en la región.

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Responsabilidades que no son solo de Bakú

Sería insuficiente, sin embargo, reducir el análisis a la responsabilidad azerbaiyana, por más que la ofensiva del 19 de septiembre haya sido decisión de Bakú. La crisis interna de liderazgo en Artsaj —la renuncia de Harutyunyan bajo presión, la elección apresurada de Shahramanyan diez días antes del ataque, la propuesta de Babayan de asumir el poder para negociar directamente, descartada en el peor momento posible— muestra una conducción política fragmentada e incapaz de anticipar el desenlace. Y el episodio de las declaraciones de figuras rusas en Telegram el mismo día del ataque, sugiriendo que Armenia no recibiría a los desplazados, añade una capa incómoda: la de una potencia que, además de no proteger, pareció alentar el desenlace más sombrío.

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Tres años después del éxodo en Artsaj, el análisis expone el colapso de las garantías de seguridad de Rusia y la disolución de la región.

Lo que queda pendiente de discutir

Nada de esto agota el debate. Azerbaiyán ha sostenido sistemáticamente que sus acciones respondieron a la presencia armada armenia en su territorio reconocido internacionalmente y a los ataques que atribuye a fuerzas de Artsaj los días previos —versión que Ereván y Stepanakert niegan—, y que ofreció un plan de integración para la población armenia que finalmente no se concretó porque esta optó por partir.

Rusia, por su parte, ha insistido en que el cambio de estatus derivado de Praga alteró genuinamente los términos de su misión, un argumento que sus defensores consideran de buena fe aunque los documentos originales no lo sustenten con claridad. Estas posiciones oficiales merecen constar, incluso cuando —como sostiene este análisis— los hechos documentados dejan poco margen para sostenerlas sin objeciones.

Tres años después, Artsaj está vacío de armenios. Esa es la única certeza que ningún comunicado oficial, de ningún gobierno, ha logrado desmentir.

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