
🏛️ ¿Cómo influye el legado de 1920 en la Armenia de 2026? El editorial de Vratsian expone las contradicciones históricas de la FRA. 🌐
Es imperativo volver a leer el documento histórico firmado por Simon Vratsian en noviembre de 1920, ya que constituye una pieza clave para comprender los dilemas estructurales de la soberanía armenia. El análisis de este editorial, puesto en perspectiva con la crisis existencial que atraviesa Armenia en 2026, expone las tensiones no resueltas entre la memoria histórica, la praxis diplomática y la retórica enfermiza en que está envuelta el partido Dashnaktsutiun (FRA) desde hace décadas.
En el ocaso de la Primera República, Vratsian formuló una doctrina basada en la supervivencia estatal por encima de Maximalismos territoriales. Sus argumentos centrales articularon una visión geopolítica que contrasta radicalmente con el discurso contemporáneo de su propia organización.
Para la dirigencia de 1920, la prioridad absoluta era preservar la estatalidad, sin importar la reducción territorial.
La editorial que escribió identificaba a Rusia como un actor fluctuante cuyos intereses estratégicos podían subordinar o sacrificar la existencia armenia en negociaciones con grandes potencias o con Turquía.
Vratsian defendió la necesidad de acordar directamente con la Turquía kemalista, calificando la alianza temporal turco-rusa como un fenómeno coyuntural y abogando por una «orientación turca» para garantizar la supervivencia física del pueblo armenio.
El uso del nombre de Simon Vratsian en la sede central del Dashnaktsutiun en Ereván evidencia una fractura entre la historia documentada del partido y la postura política adoptada tras su periodo de exilio a partir de 1933.
La dirigencia actual de la FRA enfrenta tres dilemas conceptuales frente a este legado. El primero y más importante, es la aceptación selectiva de la historia. Rechazar el pragmatismo de Vratsian —que incluía el reconocimiento de fronteras reducidas y el entendimiento con Ankara— implica desautorizar el pensamiento del último primer ministro de la República independiente.
El segundo es la falta de autocrítica sobre el viraje estratégico. Al no explicitar los motivos del cambio doctrinario post-1933, la organización corre el riesgo de operar desde una narrativa dogmática desvinculada de los condicionantes geopolíticos reales de Armenia.
Y en tercer y último lugar,el desafío del contexto actual. Mientras en 1920 los límites fronterizos estaban en disputa, la realidad geopolítica de 2026 sitúa el debate en la consolidación de la soberanía, la delimitación fronteriza mutua y la neutralización de injerencias externas.
El texto de 1920 interpela al liderazgo contemporáneo sobre si la acción política debe guiarse por la preservación pragmática del Estado o por la preservación de una identidad partidaria construida en la diáspora.
Armenia es un Estado reconocido de jure por las grandes potencias. Y este reconocimiento es el mayor logro internacional de nuestro pueblo.
El pueblo armenio, que conquistó su independencia con el sacrificio de millones de sus hijos, puede reconciliarse con las grandes reducciones de su territorio histórico, puede renunciar a muchas cosas buenas, pero hay algo con lo que jamás debe reconciliarse, a lo que jamás debe renunciar. Y eso es la destrucción de Armenia como Estado independiente.
Que Armenia sea un estado pequeño, incluso muy pequeño, pero que sea un estado independiente.
Ser pequeño nunca es un obstáculo para el desarrollo futuro. Grecia era pequeña cuando se creó y muy débil, pero ahora es tan grande que infunde temor incluso en un estado poderoso como Italia. Serbia era pequeña, pero ahora ya es un estado respetable. Rumania era pequeña, pero ahora ha multiplicado su territorio y su poder.
Lo más importante es la preservación de la independencia del Estado, que es la mayor garantía del futuro desarrollo del pueblo.
Desde la perspectiva de las grandes potencias, la existencia de nuestro Estado tiene tanto significado y valor como la separación que existe entre Turquía y Rusia. El día en que Armenia pierda su independencia y se convierta en un títere en manos de Rusia, desaparecerá la única razón de peso que obligó y obliga a las grandes potencias europeas a aceptar la existencia de Armenia como Estado.
Si Armenia quiere vivir como un Estado, debe evitar a toda costa convertirse en un títere de su gran vecino del norte, Rusia.

Por otro lado, nuestro enemigo centenario, Turquía, solo podrá aceptar nuestra condición de Estado cuando renunciemos de una vez por todas a la orientación rusa.
Es cierto que la Turquía de Mustafa Kemal, que hoy está en guerra con nosotros, actúa como aliada de la Rusia bolchevique. Pero no hace falta ser un gran estratega político para comprender que la amistad turco-rusa es una alianza temporal entre dos fuerzas que, objetiva y sustancialmente, se oponen entre sí en sus intereses.
Para nadie es un secreto que la actual amistad entre turcos y rusos es un vínculo artificial que puede romperse en cualquier momento y que inevitablemente se romperá cuando una u otra parte haya logrado su objetivo principal.
Rusia es el enemigo histórico de Turquía, y esta hostilidad nunca ha surgido de los deseos subjetivos de los gobernantes, sino que ha sido un resultado inevitable de las condiciones objetivas de la existencia y el desarrollo de los dos estados y pueblos.
Por eso, ni los bolcheviques ni los kemalistas pueden cambiar su esencia ni la dirección ideológica de su Estado, del mismo modo que Inglaterra se alió con Rusia durante la última guerra europea porque ese era el interés temporal de Inglaterra. Pero esa alianza no impidió que Inglaterra siguiera siendo el mayor y más peligroso enemigo de Rusia.
No es mediante la alianza con los rusos que el pueblo armenio puede asegurar su existencia y la de su Estado. Porque la presencia rusa en Transcaucasia, bajo las actuales condiciones internacionales, no puede ser permanente e inevitablemente, tarde o temprano, terminará en cuanto se resuelva el problema ruso.
La propia Rusia, a través de sus gobernantes bolcheviques, ha declarado repetidamente que está dispuesta a respetar y reconocer los intereses de Inglaterra en Transcaucasia.
El pueblo armenio y Armenia no pueden vincular su destino a un Estado que, según admite él mismo, se retirará de las fronteras de Transcaucasia si Inglaterra y otras grandes potencias europeas están dispuestas a aceptar su existencia.
Para su salvación, Armenia solo tiene una opción: encontrar un idioma común directamente con su vecino, los turcos.
Si el pueblo armenio quiere vivir y garantizar su Estado y su existencia física, entonces, de hecho, debe tener una orientación no rusa, sino turca.
Y si el pueblo armenio no hubiera tenido una orientación rusa durante la última guerra paneuropea, sino que se hubiera aliado con los turcos sin reservas, con toda probabilidad habría evitado las masacres y su situación habría sido incluso mejor que la de los georgianos.
Debemos comprender de una vez por todas que no es confiando en los extranjeros como podremos lograr la paz para nuestro pueblo, sino que solo confiando en nuestras propias fuerzas podremos determinar nuestro destino con nuestros poderosos vecinos, con Turquía.
Cualquier intervención extranjera, especialmente la rusa, solo puede ser perjudicial para la paz duradera entre los pueblos armenio y turco.
Porque el extranjero, en primer lugar, enturbiará aún más el clima de desconfianza mutua que ya existe entre los dos vecinos centenarios e imposibilitará un acuerdo firme. Y en segundo lugar, el extranjero intentará utilizarnos como instrumento para alcanzar sus propios intereses y objetivos; desde su punto de vista, una reconciliación armenio-turca sincera y genuina no es realmente deseable.
Mientras tanto, el pueblo armenio, al igual que el pueblo turco, necesita una reconciliación genuina.
Ya nos han engañado bastante los extranjeros.
Depositemos nuestra esperanza únicamente en nuestras propias fuerzas y hablemos con nuestro enemigo cara a cara, sin intermediarios “benévolos”. De esta manera, sin duda, lograremos algo más fiable, más estable y más esperanzador que lo que podamos obtener mediante la intervención de intermediarios.






