
Rusia culpa a Ucrania por su retroceso en el Cáucaso. Pero el giro empezó en 2020 con la guerra de Karabaj. El cálculo del Kremlin fortaleció a Turquía y debilitó su rol de árbitro regional. Análisis clave para entender el nuevo mapa geopolítico 🌍🔥
La narrativa que circula en Moscú atribuye la pérdida de influencia en el Cáucaso Meridional a la distracción por la guerra en Ucrania. Sin embargo, el debilitamiento ruso comenzó antes. El punto de quiebre llegó el 27 de septiembre de 2020, cuando estalló la segunda guerra de Karabaj.
Durante décadas, Rusia actuó como árbitro central del conflicto. En la región predominaba una certeza: sin el visto bueno de Moscú, no habría guerra a gran escala. La pregunta clave no es si podía frenar la escalada, sino si quiso hacerlo.
Moscú pudo enviar una señal política firme a Bakú y Ankara. No necesitaba intervenir militarmente. Bastaba una posición clara. No la emitió.
Ya en 2018, Recep Tayyip Erdoğan declaró que planteaba a Vladímir Putin la “resolución del conflicto de Karabaj” en cada reunión. Añadió que podría resolverse cuando Moscú lo deseara.
Si el conflicto dependía de la voluntad rusa, su estallido en 2020 difícilmente escapó a cálculos estratégicos. En el Kremlin apostaron por un conflicto controlado. Esperaban reforzar su papel como pacificador y consolidar presencia militar.
El entonces canciller Sergei Lavrov lo expresó en plena guerra: “Creo que ahora no habría felicidad, pero la desgracia ayudó: estos tristes eventos deberían ayudar a intensificar el proceso político”. La guerra sonó como instrumento político.
Ese cálculo ignoró un factor decisivo: el fortalecimiento de Turquía como actor independiente. Ankara no solo participó. Se consolidó como socio militar directo de Azerbaiyán.

En septiembre de 2022 y luego en 2023, la crisis escaló. La expulsión masiva de armenios en Nagorno Karabaj marcó un punto final dramático. Ocurrió con presencia del contingente ruso.
Desde el verano de 2023, los propios efectivos comenzaron a definirse como “observadores”. Esa palabra reflejó la pérdida de capacidad real. La Rusia que muchos armenios imaginaron como garante de seguridad dejó de actuar como tal.
Reducir esta evolución a la “preocupación por Ucrania” simplifica el problema. La guerra ucraniana limitó recursos, pero el giro estratégico ocurrió antes. Moscú permitió un cambio en las reglas del juego por la fuerza.
El Cáucaso Meridional dejó de ser un espacio de influencia exclusiva rusa cuando Turquía se convirtió en participante pleno. Esa transformación erosionó la confianza regional y abrió la puerta a otros actores.
El debilitamiento ruso no nació en Washington ni en Ereván. Surgió de decisiones tomadas en Moscú. El error no fue táctico. Fue estratégico.






