
📍 La ruptura entre Moscú y Bakú abre un nuevo escenario en el Cáucaso. Armenia podría salir fortalecida si juega bien sus cartas. ¿Se viene un realineamiento geopolítico en la región?
Las relaciones entre Rusia y Azerbaiyán atraviesan su peor momento en décadas tras los violentos operativos policiales rusos contra ciudadanos azerbaiyanos en Yekaterimburgo, que dejaron al menos dos muertos y decenas de detenidos. En Bakú, la reacción fue inmediata: cancelación de eventos culturales conjuntos, suspensión de encuentros bilaterales y una andanada de declaraciones hostiles contra el Kremlin. Pero más allá del conflicto bilateral, el verdadero interrogante se traslada hacia el sur del Cáucaso: ¿qué implicancias tiene este quiebre para Armenia?
En Ereván, la crisis entre Moscú y Bakú es observada con atención. Desde la Segunda Guerra de Karabaj, Armenia ha sido desplazada en la ecuación estratégica regional. Rusia se mantuvo como garante formal de la paz, pero apoyó de facto las acciones azerbaiyanas. Hoy, con Moscú y Bakú enfrentados abiertamente, se abre un inédito espacio de maniobra para el gobierno de Nikol Pashinyan, que desde hace meses impulsa un giro decidido hacia Occidente.
“La creciente tensión entre Rusia y Azerbaiyán cambia las reglas del juego. Por primera vez en años, Armenia podría dejar de ser el eslabón débil entre dos socios estratégicos de Moscú”, explica el analista Gevorg Melkonyan. “Si el Kremlin pierde influencia sobre Bakú, Armenia recupera margen para proyectarse diplomáticamente en nuevos escenarios multilaterales.”
Azerbaiyán acusa a Rusia de haber “humillado” a su comunidad en el país, tras el asesinato de dos hermanos azerbaiyanos durante un operativo en Yekaterimburgo. En palabras del periodista azerí Seyfaddin Huseynli, “esto no fue una redada policial, fue un mensaje del Kremlin al presidente Ilham Aliyev para que no se aleje de la órbita rusa”.

Desde Moscú, la narrativa es diferente. Según el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, “la operación respondió a causas penales y no debería dar lugar a manifestaciones diplomáticas desproporcionadas”. Sin embargo, los hechos demuestran lo contrario: Bakú ha comenzado a distanciarse activamente de Rusia y ha recibido señales positivas desde Bruselas y Washington.
El tema es que se agravó ayer cuando las fuerzas de seguridad rusas —incluyendo unidades de la Guardia Nacional y del Ministerio del Interior— irrumpieron en el mercado Alekseyevsky de Voronezh, en el marco de la operación “Nelegal-2025”, oficialmente orientada a controlar violaciones migratorias y redes criminales, y detuvieron a 50 personas.
En declaraciones extraoficiales, fuentes policiales afirmaron que “la estructura de poder en el mercado estaba en manos de clanes criminales de origen azerbaiyano”, y que las acciones forman parte de un intento de reestablecer el control estatal sobre espacios económicos dominados por redes paralelas.
Y hoy las agencias de aplicación de la ley de Azerbaiyán registraron la oficina del medio estatal ruso Sputnik en Bakú y detuvieron a dos empleados, acusándolos de “agente a favor del Servicio de Seguridad Federal de la Federación Rusa”.
Estas acciones siguieron a la cancelación de la visita de la delegación del Milli Majlis a Moscú y todos los eventos culturales con la participación de Rusia. Los medios de Azerbaiyán explican estas cancelaciones supuestamente “asesinatos demostrativos y planificados previamente contra los azerbaiyanos en Yekaterinburg por las agencias de aplicación de la ley de la Federación de Rusia”.
En este contexto, Armenia se posiciona como potencial actor clave en el nuevo esquema regional. La alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, reafirmó en Ereván el respaldo político y financiero de Bruselas al gobierno armenio. “La democracia en Armenia debe ser defendida frente a las amenazas híbridas y los intentos de injerencia externa”, dijo, en clara referencia a los intentos rusos de influir en la política interna armenia.
El giro de Pashinyan es claro: profundizar la cooperación con la UE y EE.UU., reforzar los vínculos con India y Grecia, y reducir progresivamente la dependencia de Rusia en defensa, energía y logística. En ese camino, la crisis con Azerbaiyán ofrece una ventana de oportunidad para reposicionar a Armenia como socio confiable y estratégico en el Cáucaso.
En medio de la crisis, el silencio turco es elocuente. Ankara, aliada clave de Bakú, no ha emitido declaraciones contundentes. Algunos expertos interpretan que Turquía espera capitalizar el distanciamiento entre sus dos vecinos caucásicos, mientras refuerza su presencia en Asia Central y el mar Negro.
Desde Armenia, el rol turco sigue siendo visto con desconfianza, aunque los recientes gestos diplomáticos —incluida la visita de Pashinyan a Estambul en junio— muestran un intento de mantener canales abiertos. “En un escenario de fragmentación del poder ruso, Ankara podría buscar expandir su influencia también sobre Ereván”, advierte la experta Hasmik Khachatryan.
Desde hace una semanas había “desinformaciones” entre Armenia y Azerbaiyán. Luego, informes de que Bakú prestó su territorio a Israel para atacar Irán generaron una serie de cruces que llevaron a las relaciones diplomáticas acero.
Pero solo este colapso del eje Rusia-Azerbaiyán abre un dilema geopolítico para Armenia. ¿Debería aprovechar este nuevo escenario para consolidar su orientación prooccidental y reposicionarse como actor central en el Cáucaso? ¿O corre el riesgo de quedar atrapada entre los intereses cruzados de Turquía, Rusia y Occidente?
Una cosa está clara: Ereván ya no puede permitirse ser un simple observador. En un momento en que los equilibrios regionales se rompen y se redefine la influencia global en el Cáucaso Sur, Armenia debe decidir si quiere ser pieza o jugador en este nuevo “gran juego” geopolítico.






