
🚨 Inusual tensión entre Turquía y Azerbaiyán tras el discurso de Netanyahu en la ONU. 🇹🇷🇦🇿 Conocé las causas del conflicto. 👇
El 24 de septiembre, cuando Benjamin Netanyahu subió al estrado de la Asamblea General de la ONU, decenas de delegaciones abandonaron la sala, entre ellas la de Turquía. El representante de Azerbaiyán se quedó hasta el final del discurso. Ese gesto, que en otro contexto habría pasado casi inadvertido, abrió una de las polémicas públicas más inusuales de los últimos años entre Ankara y Bakú.
Dos días antes, el 22 de septiembre, Recep Tayyip Erdogan había dedicado su propio discurso ante la Asamblea a Gaza, hablando de una “mentalidad genocida” y de “terrorismo de Estado” por parte de Israel. Netanyahu respondió desde el mismo podio: llamó a Erdogan “tirano”, lo acusó de hospedar a dirigentes de Hamás, de haber asesinado a miles de civiles kurdos, de negar el genocidio armenio y de encarcelar periodistas y opositores, y describió a Turquía como el último gran propagador de mentiras antisemitas.
El director de Comunicaciones de la presidencia turca, Burhanettin Duran, calificó esas acusaciones de infundadas y dijo que no podían “hacer invisibles” las masacres en Gaza ni los procesos abiertos ante la justicia internacional contra Netanyahu.
La reacción turca hacia Bakú llegó enseguida, y vino sobre todo de la prensa. El diario Sözcü tituló que las delegaciones se retiraban una tras otra mientras el representante azerbaiyano escuchaba a Netanyahu, y un columnista argumentó que Azerbaiyán debería haber estado siempre al lado de Turquía “como Pakistán”.

El portal Haber Vitrini fue más lejos con un titular que decía “Qué vergüenza”. El Consejo de Medios y Radiodifusión de Azerbaiyán respondió denunciando “afirmaciones infundadas y sesgadas” que, según su comunicado, circulan en medios y redes turcos con el fin de dañar la relación entre ambos países.
La fórmula “una nación, dos Estados” funcionó durante décadas como una imagen de unidad casi sin fisuras, incluso cuando había diferencias de fondo que ambas partes preferían no mostrar. Que el desacuerdo aparezca ahora en titulares y en comunicados oficiales es en sí mismo un dato.
Detrás hay una incomodidad estructural: Israel es para Azerbaiyán un socio relevante en seguridad, armamento y energía, y una pieza de su política hacia Irán, mientras que para Turquía la rivalidad con Israel se volvió central, con Siria como el terreno más sensible. Un ataque israelí contra la base aérea de Abu al-Duhur en agosto mostró que esa competencia ya no se limita a las declaraciones.
A eso se suma un cambio de equilibrio. En los años noventa, Bakú dependía de Ankara para sostenerse política y militarmente. Hoy cuenta con ingresos energéticos, con una posición mucho más fuerte en el mercado europeo y con mayor margen para decidir por sí mismo.
Una alianza entre socios desiguales funciona de una manera; entre socios más parejos, las diferencias de interés salen a la superficie con más facilidad.
Para Armenia, esta disputa interesa por dos motivos.
El primero es que Ankara viene acelerando la normalización con Ereván —el 23 de septiembre Pashinyan y Erdogan se reunieron en Nueva York para hablar de comercio, del puente de Ani y de la paz regional—, y esa política ya no parece ser simplemente una prolongación de la agenda azerbaiyana.
El segundo es más delicado: en su discurso, Netanyahu usó la negación del genocidio armenio como argumento contra Erdogan. Pashinyan había señalado en su discurso del 24 de agosto que el Gobierno israelí inició un proceso de reconocimiento del genocidio armenio y luego lo detuvo, y advirtió contra la instrumentación de esa memoria por parte de actores externos. Que el tema reaparezca ahora como munición retórica en una pelea entre terceros es exactamente el tipo de uso que ese discurso criticaba.
Conviene no exagerar. Turquía y Azerbaiyán siguen siendo aliados cercanos, y una discusión mediática no equivale a una ruptura. Tampoco hay evidencia de que la polémica haya cambiado todavía algo concreto en la cooperación energética, de transporte o militar entre ambos. Lo que sí muestra es que la relación dejó de medirse solo por la cercanía histórica y pasó a medirse, cada vez más, por intereses que a veces coinciden y a veces no.
La política regional se decide por carreteras, rutas energéticas, presencia militar, inversiones y cálculos de seguridad más que por declaraciones de hermandad. La pregunta que queda abierta es cuánta distancia pueden tolerar Ankara y Bakú entre sus intereses sin que esa hermandad deje de ser un activo político para ambos.






