La visita de Pashinyan a Turquía marca un punto de inflexión en la política del Cáucaso. Armenia busca redefinir su papel

Pashinyan en Turquía: una jugada geopolítica entre el silencio y el temblor del Cáucaso. Por Klaus Lange Hazarian

La visita de Pashinyan a Turquía marca un punto de inflexión en la política del Cáucaso. Armenia busca redefinir su papel

🇦🇲🤝🇹🇷 | La visita de Pashinyan a Turquía no fue solo un gesto diplomático. Mientras Irán e Israel están en guerra, Armenia juega una carta audaz. Silencios, intereses cruzados y un mapa que se reescribe. ¿Se abre una nueva era?

La reciente visita de Nikol Pashinyan a Turquía no fue un gesto diplomático vacío ni un simple saludo al protocolo, sino una jugada geopolítica —aunque aún críptica— de que Armenia intenta tomar las riendas de su destino en un vecindario en ebullición. En medio de la guerra entre Irán e Israel, el deshielo aparente entre Ereván y Ankara no puede leerse sin atender al temblor profundo que sacude al Cáucaso Sur.

No hubo declaraciones conjuntas ni conferencias de prensa. Solo una reunión de una hora entre dos líderes cuyas naciones no tienen relaciones diplomáticas desde 1993. Pero el silencio fue el mensaje. Porque cuando Turquía paga el altísimo costo político de recibir a Pashinyan en Estambul —invitándolo como único jefe de Estado no musulmán a una cumbre de la Organización de Cooperación Islámica—, es porque espera algo a cambio. Y no algo menor.

Erdogan, Aliyev y el juego de las esferas

La clave está en la fragmentación del eje Ankara-Bakú, provocada por las divergencias entre Erdogan y Aliyev sobre Israel, Irán y la paz con Armenia. Mientras Erdogan endurece su discurso contra Tel Aviv, Aliyev mantiene un alineamiento estratégico con Israel, sobre todo por su enemistad común con Teherán. Esto pone a Turquía ante un dilema: seguir respaldando sin condiciones a su socio panturquista o mover fichas hacia una autonomía táctica, abriendo la puerta a una relación propia con Armenia.

Esta visita no normaliza relaciones, pero rompe un tabú de 32 años. El verdadero éxito no se medirá por tratados, sino por si Armenia logra convertir su debilidad en ventaja: usar su ubicación para ganar autonomía sin rendir soberanía.

Sin embargo, Erdogan no puede actuar con total libertad. Tiene que equilibrar sus apuestas con el factor ruso, el factor iraní y, sobre todo, el factor israelí. Por eso, aun cuando la reunión con Pashinyan fue catalogada como una “visita de trabajo”, el trasfondo fue todo menos rutinario. La presencia de los cancilleres y de los negociadores especiales sugiere que se discutieron asuntos de peso, empezando por el polémico corredor de Zangezur, que los armenios rebautizan como “la encrucijada del mundo”.

Armenia, en busca de aire: entre Moscú, Teherán y Bruselas

Armenia, por su parte, llega a este punto tras tres años de humillaciones acumuladas: la guerra de 2020, el bloqueo de Artsaj y la expulsión de su población con la complicidad rusa, no solo no han sido olvidadas, sino que han desgastado el margen de maniobra del gobierno de Pashinyan. Moscú, que prometió protección, garantizó el colapso.

Y ahora que la ruta iraní se vuelve insegura, Armenia necesita desesperadamente una salida terrestre hacia Occidente que no dependa de sus dos aliados más inestables: Irán y Rusia. Abrir la frontera con Turquía no es una concesión, sino una necesidad existencial. De ahí que el gobierno de Ereván avance, aun a riesgo de la condena pública, hacia una regionalización pragmática, donde el enemigo de ayer puede convertirse en el socio logístico de mañana.

Pashinyan Turquía jugada geopolítica
La visita de Pashinyan a Turquía marca un punto de inflexión en la política del Cáucaso. Armenia busca redefinir su papel

El dilema armenio: avanzar sin perder el alma

Sin embargo, el riesgo es doble. Armenia corre el peligro de quedar atrapada en un juego de potencias donde cada decisión puede ser leída como traición. Mientras el 59% de la población desconfía de la política exterior de Pashinyan, el primer ministro insiste en que Armenia quiere ser sujeto, no objeto, del nuevo orden regional.

La pregunta no es si Armenia se acercará a Turquía —eso ya está ocurriendo—, sino con qué eficacia podrá negociar, sin ceder soberanía, sin perder su voz, sin violar su memoria histórica. Y en esto, Erdogan no es menos exigente que Putin.

¿Y si todo esto es solo el comienzo?

Muchos observadores locales esperaban que la visita incluyera un anuncio trascendental: un tratado de paz con Azerbaiyán, por ejemplo. Pero todo indica que Bakú frenó ese escenario, tal vez molesto por el acercamiento turco-armenio. La retirada de Aliyev de Estambul justo antes de la cumbre islámica también fue un gesto: no apoyó la moción antiisraelí y dejó solo a Erdogan.

En ese contexto, la reunión entre Pashinyan y Erdogan aparece como un ensayo general, un tanteo silencioso antes del acto principal. Lo concreto es que Armenia necesita abrir rutas; Turquía quiere proyectos económicos; y Azerbaiyán no desea compartir el escenario. Si se logra avanzar pese a todo, será un hito. Si no, será un nuevo capítulo de diplomacia fallida. Pero el paso ya se dio. Y nadie podrá volver atrás sin pagar un costo.

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