
🇦🇲 Nikol Pashinyan pide separar la memoria histórica de las fronteras estatales de Armenia para proteger los 29.743 km² reconocidos. 📜
En su discurso sobre seguridad integral y resiliencia, Nikol Pashinyan volvió sobre una anécdota que ya había compartido antes, pero que esta vez desarrolló con más detalle: un ciudadano le contó que su hijo había llegado de la escuela relatando que su profesor de historia les había dicho: “Niños, tienen que crecer e ir a liberar Mush y Van”. El primer ministro conectó ese episodio con otro, de la primavera de 2024, cuando presentó por primera vez la ideología de la “Armenia Real” ante el parlamento: un diputado presente en la sala reaccionó preguntando “¿Está tratando de decir que Mush y Van no son nuestras?”. Para Pashinyan, esa reacción —más que la anécdota escolar en sí— revela algo estructural: “puede resultar que muchos de nuestros problemas de seguridad comiencen en nuestras mentes, en nuestra percepción de la realidad y de nuestro entorno, y ese problema existe hoy en Armenia”.

El argumento de Pashinyan no se limita a la anécdota puntual. Según explicó, si los vecinos de Armenia —y la comunidad internacional en general— llegan a pensar que en el país opera la lógica de “ahora jugamos a la paz, usamos la paz para desarrollarnos, y después vamos a liberar Mush y Van”, toda la arquitectura de seguridad que Armenia construyó alrededor de sus fronteras reconocidas se derrumba: “¿por qué Mush y Van tendrían que ayudarnos a liberar Mush y Van?”, ironizó.
El razonamiento es directo: un Estado puede tener fronteras reconocidas internacionalmente, un acuerdo de paz firmado y una política exterior clara en el papel, pero si el imaginario colectivo sostiene una interpretación territorial distinta, surge un problema de confianza que los propios socios externos —y potenciales adversarios— toman en cuenta al calcular sus políticas.
El paralelo histórico más directo, y el que mejor ilustra los límites y posibilidades de este tipo de deslinde, es el de Alemania Occidental con la frontera Oder-Neisse.
Millones de alemanes habían perdido sus tierras en los antiguos territorios orientales tras la Segunda Guerra Mundial, y ese reclamo territorial se mantuvo como una herida política interna durante décadas. En 1970, el canciller Willy Brandt aceptó, mediante los tratados de su Ostpolitik, el principio de inviolabilidad de las fronteras existentes con Polonia; recién en 1990, ya con Alemania reunificada, el país reconoció de manera definitiva esa frontera occidental polaca a través del Tratado germano-polaco.
La memoria histórica de esos territorios perdidos no desapareció de la cultura ni de la identidad alemana. Lo que sí desapareció, con el correr de las décadas, fue su traducción en reivindicación territorial activa. Ese mismo año, el Acta Final de Helsinki de 1975 había consolidado, a escala continental, el principio de que la soberanía, la inviolabilidad fronteriza y la integridad territorial debían resolverse por vías pacíficas —el mismo marco jurídico que Armenia invoca hoy para sus propios 29.743 kilómetros cuadrados.
Pashinyan conectó explícitamente este problema con el discurso de “Azerbaiyán Occidental” que promueven sectores azerbaiyanos sobre territorio armenio, calificándolo de amenaza para la seguridad del país y para la paz regional.
Su argumento tiene una simetría incómoda pero consistente: si Ereván exige a Bakú que abandone cualquier lenguaje de reivindicación histórica o política sobre territorio armenio, Armenia debe exigirse a sí misma la misma claridad respecto de sus propias fronteras y objetivos de Estado.
Pero ahí aparece el límite que el propio enfoque de Pashinyan no puede ignorar del todo. El Estado puede fijar estándares educativos y los principios de su política oficial, pero interferir directamente con la memoria colectiva, prohibir determinados temas históricos o imponer un “pensamiento correcto” desde el gobierno es, en sí mismo, un cruce de frontera peligroso —y uno bastante distinto al que se busca evitar—. Pashinyan ya declaró que las ideas que contradicen la ideología de la “Armenia Real” no deberían expresarse en las escuelas, y que el Gobierno debe tomar medidas concretas al respecto. La distinción entre política educativa legítima y límites a la libertad de pensamiento se vuelve, en ese punto, decisiva.
La tarea que se plantea, en definitiva, no es que la escuela deje de contar la historia armenia de Mush, Van o Kars, ni que se silencie la memoria cultural, eclesiástica y familiar de las comunidades que sobrevivieron al genocidio en esos territorios. Es distinguir con claridad esa memoria histórica —legítima, y en gran medida constitutiva de la identidad armenia— de un programa político-territorial concreto para el Estado moderno.
Se puede narrar el pasado armenio de Van sin que el territorio de la República de Armenia se extienda, en la imaginación colectiva ni en el discurso oficial, más allá de sus 29.743 kilómetros cuadrados reconocidos.
Esa distinción no es un matiz retórico secundario: según el propio argumento de Pashinyan, afecta directamente los cálculos de los países vecinos, la confianza de los socios internacionales, el clima de inversión, la cooperación en materia de defensa y la estabilidad misma de la paz que Armenia busca consolidar. Las fronteras de un Estado están trazadas en un mapa. Pero, según esta doctrina, su seguridad real depende, en la misma medida, del mapa que cada generación lleva en la cabeza.






