¿Libertad o Estado de derecho? ¿Cuál es la base de la democracia? Por Varuzh Tenpelyan

🏛️ ¿Cuál es la verdadera base de la democracia? El analista Varuz Tenpelian examina por qué las elecciones libres fracasan si un país no cuenta primero con un Estado de derecho robusto y tribunales funcionales. La infraestructura institucional importa más que la retórica. 📊

La democracia es una de las ideas políticas más valoradas de nuestro tiempo. Los pueblos luchan por ella, los políticos prometen fortalecerla y las organizaciones internacionales la presentan como el camino natural hacia una sociedad justa y estable. Sin embargo, la historia nos plantea una pregunta incómoda sobre la que se habla poco: ¿viene primero la libertad, o debe existir primero el orden?

A primera vista, la respuesta parece sencilla. Es natural pensar que la libertad da origen a la democracia. Pero cuando examinamos la historia de las democracias más estables del mundo, observamos un panorama más complejo. Muy a menudo, estas atravesaron largas fases de construcción estatal, con poderes centralizados o incluso autoritarios, antes de que se consolidaran las instituciones democráticas.

Esta realidad suele crear confusión entre dos conceptos diferentes: el Estado fuerte y la dictadura. No son lo mismo.

La dictadura es la concentración del poder en manos de una persona o de un pequeño grupo. El Estado fuerte, por el contrario, es aquella estructura que cuenta con instituciones operativas, una administración eficaz, tribunales independientes o al menos funcionales, capacidad recaudatoria, servicios públicos y la capacidad de hacer cumplir las leyes. La historia demuestra que la democracia ha tenido mucho más éxito en aquellos países donde existía lo segundo, independientemente de si lo primero estaba presente o no.

Las elecciones libres, por sí solas, no crean un Estado estable. La urna puede elegir gobernantes, pero no puede crear automáticamente tribunales, universidades, cultura administrativa o confianza pública. Todas estas son estructuras que se forjan con el tiempo. Por eso historiadores y politólogos señalan a menudo un fenómeno interesante: la mayoría de las democracias modernas primero construyeron el Estado, y solo después lo democratizaron.

Francia vivió durante siglos bajo una monarquía. Inglaterra atravesó guerras civiles y conflictos entre el poder real y el parlamentario. Alemania ni siquiera fue un Estado unificado durante mucho tiempo. Japón se modernizó bajo un poder central fuerte.

Esta observación, sin embargo, puede llevar a un peligroso malentendido. Algunos podrían concluir que la dictadura es un requisito previo necesario para la democracia. La historia no respalda esa conclusión. El mundo también ha visto numerosas dictaduras que no crearon ni estabilidad, ni instituciones, ni democracia. Solo prolongaron su poder, debilitando la capacidad de autoorganización de la sociedad y destruyendo las estructuras que en el futuro podrían haber garantizado un desarrollo democrático.

Libertad Estado derecho
Varuz Tenpelian analiza la paradoja de la democracia: por qué el Estado de derecho y las instituciones fuertes deben preceder a la libertad.

Por lo tanto, la cuestión no se trata de elegir entre dictadura y democracia. La verdadera pregunta es: ¿qué condiciones hacen viable la democracia?

La democracia no es solo un sistema de elecciones. Es también un sistema de confianza. El ciudadano debe confiar en que el tribunal funcionará, que la policía le protegerá, que la ley se aplicará y que el Estado continuará su trabajo, independientemente del resultado de las elecciones. Sin esa confianza, la democracia puede convertirse muy rápidamente en una crisis política interminable. La libertad política no puede sostenerse por mucho tiempo si no se apoya en instituciones sólidas y en una cultura cívica. Como señaló el filósofo político francés Alexis de Tocqueville en su obra “La democracia en América”, la pervivencia de las instituciones democráticas depende en gran medida de las costumbres, la confianza y la cultura cívica de la sociedad.

Por esta razón, el orden, el imperio de la ley y la libertad no deben verse como valores opuestos. Sin libertad, el orden puede convertirse en opresión. Sin orden, la libertad puede llevar al caos. El mayor éxito de la democracia probablemente no sea que otorga libertad a las personas. Su mayor éxito es que intenta combinar dos principios difíciles: la libertad y el imperio de la ley.

En nuestros tiempos, cuando muchas sociedades buscan soluciones rápidas, la historia nos ofrece un recordatorio útil. Los Estados fuertes no se construyen con una sola elección, como tampoco las democracias se crean con una sola constitución. Ambas son culturas duraderas que requieren la presencia de instituciones, así como continuidad y paciencia.

Por tanto, quizás la respuesta a la incómoda pregunta de la historia no sea ni “sí” ni “no”. El orden y la libertad no son rivales. Son los dos pilares de una misma casa. Sin uno, el otro tampoco duraría mucho.


Artículo original publicado en armenio en darperag21. Traducido al español por SoyArmenio

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