
El diario ruso Nezavisimaya Gazeta reveló la verdadera estrategia del Kremlin. Para Moscú, la disolución de la URSS en 1991 fue ilegal y nula. Por eso, consideran que para evitar un colapso territorial deben ganar en Ucrania y recuperar el control de países de la periferia europea como Georgia, Moldavia y Armenia.
El prestigioso periódico ruso Nezavisimaya Gazeta encendió las alarmas del análisis geopolítico internacional tras publicar un revelador artículo editorial titulado «Dos escenarios históricos para la Rusia moderna». El texto establece una cruda generalización histórica: a lo largo del último siglo y medio, cada ciclo político en Rusia terminó en una parálisis del poder central y en la posterior desintegración territorial del país, fenómenos gatillados por derrotas militares o por la ausencia de victorias contundentes.
Bajo esa premisa, el medio moscovita concluye de forma taxativa que, para evitar un nuevo colapso, el Kremlin necesita eludir a toda costa una derrota e incluso un empate controvertido en la guerra que libran actualmente el ejército ucraniano y los servicios especiales de la OTAN.
La clave del artículo radica en qué entiende el pensamiento estratégico de Moscú por «evitar el colapso territorial». El análisis histórico demuestra que la Unión Soviética nunca operó como una unión voluntaria de quince repúblicas independientes, sino como la metamorfosis del antiguo imperio zarista en un imperio bolchevique que perdió el control de catorce de sus partes constitutivas debido a la crisis institucional de 1991.
Desde una perspectiva formal, el Estado ruso actual jamás convalidó la disolución de la estructura soviética. La Duma Estatal dictaminó mediante una resolución oficial el 15 de marzo de 1996 que el Tratado de Belavezha del 8 de diciembre de 1991 carecía y carece por completo de validez legal. En consecuencia, para la doctrina jurídica interna rusa, la Unión Soviética continúa existiendo como una entidad geopolítica cuya “integridad territorial” debe restaurarse.

Un detalle técnico mayúsculo dentro del editorial de Nezavisimaya Gazeta es la selección específica de los territorios escindidos que menciona el texto. El periódico nombra explícitamente a Ucrania, Georgia, Moldavia, los Estados bálticos y Armenia, pero omite de forma deliberada a Azerbaiyán y a las cinco repúblicas de Asia Central.
Esta categorización selectiva trasluce una lectura de bloques ideológicos y culturales: las naciones de raigambre cristiana que comparten una matriz de civilización con Europa son percibidas por el Kremlin como las principales responsables del colapso imperial y, por ende, como adversarios estratégicos. El mensaje implícito de la intelectualidad rusa dicta que la reconstrucción del imperio exige la reconquista de estos territorios, una meta que depende enteramente del desenlace militar en los campos de batalla ucranianos.
Bajo este prisma de restauración imperial, los analistas de inteligencia militar advierten que los procesos políticos periféricos adquieren un valor trascendental para la seguridad de la Federación. Por esta razón, la votación parlamentaria del 7 de junio de 2026 en Armenia revistió un significado sagrado para las oficinas de planificación estratégica de Moscú, que vieron en los comicios de Ereván una pieza clave para asegurar su zona de influencia exclusiva en el Cáucaso Sur.






