
🤖 ¡Olvida los tanques! El poder real ahora es el hormigón y los datos. 🌍⚡ China y EE.UU. pelean por controlar tus puertos y tu energía. 🔌💻 ¿Sabías que la IA decidirá qué países reciben inversión? 📉😱 El futuro se codifica en silicio.
El poder global ya no se basa únicamente en alianzas, poderío militar, dinámicas monetarias y el control efectivo de las instituciones multilaterales. La nueva contienda geopolítica se libra entre bloques de infraestructura rivales: paquetes de financiación, contratistas, estándares y sistemas de datos que generan dependencias a largo plazo.
Durante la mayor parte de la posguerra, el poder global se definía por alianzas, portaaviones y monedas de reserva. Pero ahora entramos en una era definida por la infraestructura crítica y quienes la financian, construyen y operan. Puertos, redes eléctricas, corredores ferroviarios, centros de datos y cadenas de suministro de minerales críticos ya no son meros «proyectos». Son el sistema operativo de la soberanía. La infraestructura —las redes que transportan energía, bienes y datos— es la industria por excelencia. Quien la moldee mediante contratos, estándares, denominación monetaria y mantenimiento a largo plazo (en gran medida guiado por datos y sistemas basados en IA) logrará una influencia global duradera.
Los debates sobre la desdolarización suelen centrarse en las monedas de reserva. Según los datos del Fondo Monetario Internacional sobre la composición monetaria de las reservas oficiales de divisas, el dólar estadounidense representaba aproximadamente el 57 % de las reservas mundiales en 2025, con el euro muy por detrás. Sin embargo, las reservas oficiales son un indicador rezagado. El cambio más relevante se refiere a la infraestructura.
China lo reconoció desde el principio. Entre 2000 y 2023, otorgó aproximadamente 2,2 billones de dólares en préstamos y donaciones oficiales como parte de su Iniciativa de la Franja y la Ruta, gran parte de los cuales se invirtieron en infraestructura de transporte y energía. Este modelo nunca se trató solo de capital. Al combinar financiación, contratistas, equipos y sistemas digitales, China exportaba capacidad estatal e instauraba una dependencia a largo plazo. Proyectos como el megapuerto de Chancay en Perú —propiedad mayoritaria de un operador chino y respaldado por miles de millones en inversiones— ilustran cómo la infraestructura puede reconfigurar las rutas comerciales y otras dependencias. De igual modo, el ferrocarril Addis Abeba-Yibuti, financiado en gran medida con préstamos chinos, redujo drásticamente los tiempos de transporte de mercancías entre Etiopía y el Mar Rojo.
Las implicaciones geopolíticas de la inversión en infraestructuras son una preocupación cada vez mayor para los responsables políticos. La posible participación china en la construcción de aeropuertos en Groenlandia generó inquietudes en materia de seguridad tanto en Dinamarca como en Estados Unidos. La nueva contienda no se limita a las monedas, sino que se libra entre bloques de infraestructuras rivales.
Durante décadas, la influencia de Estados Unidos se basó en el poder militar, el dólar y las instituciones multilaterales. Pero si bien esta estructura aún es relevante, está siendo rápidamente complementada —y en algunos casos cuestionada— por estrategias de infraestructura.
Las tensiones políticas reflejan este cambio. En 2024, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con imponer aranceles severos a los países que adoptaran alternativas a la facturación y los pagos en dólares. Al mismo tiempo, las economías occidentales han intensificado sus propias iniciativas de infraestructura. La Alianza para la Infraestructura y la Inversión Globales del G7, por ejemplo, tiene como objetivo movilizar 600.000 millones de dólares para 2027; la iniciativa Global Gateway de la Unión Europea promete hasta 300.000 millones de euros (353.000 millones de dólares); y la Red Punto Azul (lanzada por Australia, Japón y Estados Unidos) busca certificar estándares de infraestructura de alta calidad.
Sin embargo, muchos países perciben estos esfuerzos como lentos y excesivamente condicionados. En un mundo que enfrenta crisis climáticas, presiones demográficas y necesidades urgentes de desarrollo, la capacidad de construir infraestructura rápidamente suele primar sobre las preocupaciones de gobernanza.
Diversas potencias medianas están redefiniendo sus estrategias en consecuencia. India, por ejemplo, está impulsando una «diplomacia de corredores» mediante el apoyo a proyectos como el puerto de Chabahar y el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa. En lugar de alinearse exclusivamente con un solo bloque, está aprovechando la infraestructura para protegerse, diversificar y ampliar su autonomía estratégica.

También se está produciendo otro cambio crucial. Lejos de limitarse al acero y el hormigón, la geopolítica de la infraestructura se extiende cada vez más a la computación, los datos y la IA. Los informes corporativos revelan la magnitud de esta transición. Empresas tecnológicas como Microsoft, Alphabet, Meta y Amazon invierten decenas de miles de millones de dólares anuales en infraestructura de IA, incluidos centros de datos y hardware especializado. Sus gastos de capital y la depreciación asociada se asemejan ahora a los de los sectores de infraestructura tradicionales.
La fabricación de semiconductores se ha convertido en un punto estratégico clave en este sistema. Instalaciones que cuestan decenas de miles de millones de dólares son pilares de las cadenas de suministro globales y definen el acceso a capacidades informáticas avanzadas. Pero la IA no es solo una capa más de infraestructura. Es una meta-infraestructura que determinará cómo se planifican, operan y optimizan todos los demás sistemas. Si la infraestructura define el poder geopolítico, la IA define cada vez más la infraestructura. Puede mejorar la eficiencia de la red eléctrica, prolongar la vida útil de las redes de transporte y permitir estrategias de adaptación climática más precisas.
Pero la IA también introduce nuevas formas de vulnerabilidad. El control remoto de los sistemas de optimización puede funcionar como un interruptor de emergencia para infraestructuras críticas, y los algoritmos opacos o sesgados pueden determinar sistemáticamente qué regiones o comunidades reciben inversión. En este contexto, la infraestructura ya no se limita a los activos físicos, sino que también abarca quién controla la capa de inteligencia que los gestiona.
En ningún otro lugar se aprecian mejor las consecuencias que en Gaza. Según evaluaciones de la ONU y el Banco Mundial, para finales de 2025, aproximadamente el 90 % de las viviendas e infraestructuras habían resultado dañadas o destruidas, y casi la totalidad de su población de 2,1 millones de personas había sido desplazada. La reconstrucción requerirá decenas de miles de millones de dólares, pero sin una solución política duradera, la nueva infraestructura del enclave podría convertirse en un instrumento de control en lugar de un medio de recuperación. La geopolítica de la infraestructura no es inherentemente emancipadora. Los corredores de tránsito, los sistemas energéticos y las viviendas pueden diseñarse para facilitar la movilidad y el crecimiento; pero también pueden utilizarse para restringir la libertad de las personas.
El mundo avanza hacia ecosistemas de infraestructura superpuestos: un sistema centrado en Estados Unidos, basado en mercados de capitales abiertos y la aplicación de la ley; un sistema centrado en China que combina financiación estatal, contratistas y estándares integrados; y un conjunto diverso de estrategias regionales y de potencias intermedias.
La cuestión decisiva no es qué sistema es el más grande, sino cuál acabará siendo aceptado como el predeterminado. Incluso cuando las decisiones sobre puertos, sistemas energéticos y redes de datos se plantean en términos puramente técnicos o financieros, subyace una lógica política. Estas decisiones están cada vez más mediadas por sistemas de IA entrenados con datos históricos y diseñados para optimizar la eficiencia, lo que reduce el abanico de alternativas percibidas.
George Orwell advirtió célebremente sobre el control del lenguaje. Hoy, presenciamos una forma de poder aún más sutil. La infraestructura, cada vez más guiada por sistemas algorítmicos, corre el riesgo de hacer que ciertos futuros potenciales parezcan inevitables y otros impensables.
El mayor peligro no reside en que una potencia domine, sino en que las sociedades pierdan gradualmente la capacidad de elegir entre caminos contrapuestos. El nuevo orden mundial se está construyendo con hormigón y codificando en silicio. El último acto de soberanía quizás no sea construir ni resistir, sino reconocer que estas opciones siguen abiertas, antes de que los sistemas que construimos empiecen a optimizarnos a su vez.
Publicado en inglés en Project Syndicate, 2026
Bertrand Badré
Miembro del Consejo de Administración de IRIS, ex director financiero del Banco Mundial, director ejecutivo del fondo de inversión Blue Like an Orange Sustainable Capital.
Saurabh Mishra
Exdirector del Instituto de Inteligencia Artificial Centrada en el Ser Humano de la Universidad de Stanford y economista del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, fundador y director ejecutivo de Taiyō.






