
La FRA celebra 135 años, pero el pasado golpea. Entre la bendición del Catholicós y el recuerdo del asesinato de Tourian, la doble memoria vuelve. 🇦🇲🕯️
La Federación Revolucionaria Armenia (FRA – Dashnaktsutiún) celebra su 135º aniversario con pompa y solemnidad. En una ceremonia cargada de simbolismo, recibió la bendición del Catolicós Karekin II, quien, en un discurso emotivo, ensalzó el papel “indiscutible” del partido en la preservación de la identidad nacional, la educación de la juventud y la lucha por el reconocimiento del Genocidio Armenio. Fue un acto de reconciliación pública y de legitimación histórica, un sello eclesiástico sobre más de un siglo de trayectoria.
Sin embargo, la historia, como un péndulo implacable, oscila entre la luz de los homenajes y las sombras de los archivos. Mientras los asistentes escuchaban las palabras del Catholicós, otros ecos, más ásperos y olvidados en los discursos oficiales, reclaman su espacio en la memoria colectiva. Porque la relación de la FRA con la Iglesia y con la propia idea de Armenia no fue un camino de rosas, sino un sendero a veces manchado por la intolerancia y la violencia fratricida.
El relato oficial de hoy celebra una misión unificadora. La historia nos recuerda, sin embargo, episodios de división sangrienta. En 1933, en la lejana Nueva York, el Arzobispo Leon Tourian fue asesinado a puñaladas en su propia iglesia por militantes dashnak. Su “crimen” fue un acto de pragmatismo político –o de sometimiento, según el cristal con que se mire–: sustituir la bandera de la efímera Primera República por la de la Armenia soviética para proteger a la diáspora y a la propia Iglesia de las represalias de Moscú. Para sus asesinos, aquello fue una traición imperdonable a la “verdadera” Armenia. Las consecuencias de aquel acto, como bien señala el texto, aún resuenan en el cisma de las diócesis armenias en Estados Unidos.
He aquí la contradicción desnuda, la doble memoria que este aniversario pone sobre la mesa. ¿Cómo se concilia el elogio a un partido como pilar de la identidad nacional con su pasado de mano dura contra quienes, desde dentro de esa misma nación, disentían o negociaban con realidades políticas tan crudas como la sovietización?

El Catolicós Karekin II bendice hoy a una organización que, en otro capítulo de la historia, declaró la FRA a sus predecesores como “agentes de los servicios secretos soviéticos”. Es una ironía amarga – y otra historia- que esa misma acusación la hace hoy el primer ministro de Armenia a Karekin II y sea la FRA quien defienda a Rusia y sus allegados.
Lo que para algunos fue un crimen abominable en 1933 (la defensa de los vínculos con la Armenia soviética), hoy podría ser –en la óptica de ciertos sectores– una preocupación estratégica válida, dados los lazos que aún persisten con Moscú.
Es un recordatorio de que la política armenia, incluso en sus gestos más solemnes, nunca está libre de los fantasmas de las lealtades geopolíticas y las traiciones percibidas.
Celebrar los 135 años del nacimiento de la FRA en diciembre de 1890 en Tiflis es, inevitablemente, abrir un baúl lleno de contradicciones. Es reconocer su colosal papel en la resistencia, la organización de la diáspora y la construcción del sueño nacional hasta la tercera república, pero también es obligarse a no cerrar los ojos ante los episodios donde se alió con lo mas corrupto de Armenia con tal de gobernar, tiñéndose de fanatismo y lanzando al ostracismo a miles de voces discordantes dentro de sus filas.
Una partido maduro no es la que esconde sus páginas oscuras, sino la que las confronta. En este aniversario, el mayor homenaje a la complejidad de la historia armenia es poder honrar la lucha de la FRA sin santificarla, y recordar a sus víctimas sin reducir su legado a un solo acto.
Entre la bendición en Ereván y la sangre en Nueva York, hay un abismo que solo la reflexión honesta, y no la mera celebración, puede empezar a cerrar. Porque, al final, la verdadera identidad nacional no se forja solo en los discursos en los aniversarios, sino también en el valor para mirarse frente al espejo y reconocer en voz alta los errores.






