
El Transiberiano aparece como ruta clave para EE.UU. en su estrategia con Rusia para asegurar tierras raras. Washington necesita frenar tensiones con Turquía y cerrar la guerra en Ucrania para activar inversiones en Siberia y Asia Central.
El Ferrocarril Transiberiano emerge como pieza clave para futuros proyectos conjuntos entre Estados Unidos y Rusia en el sector de tierras raras. La idea toma fuerza mientras Washington intenta gestionar las tensiones entre Turquía y Moscú en Asia Central, tensiones que se intensificaron por la intervención estadounidense en la región.
El analista Andrew Korybko explicó que, si estas fricciones disminuyen, “ambas potencias podrían fusionar inversiones y desbloquear proyectos estratégicos”.
Trump ya cerró acuerdos con Kazajistán y Uzbekistán durante la última cumbre del C5+1 en Washington. Al mismo tiempo, fuentes citadas por The Wall Street Journal confirmaron que empresas estadounidenses preparan proyectos posconflicto dentro de Rusia. Este escenario solo avanza si la guerra en Ucrania termina y si Washington logra frenar la escalada entre Turquía y Moscú.

Si las tensiones empeoran, EE.UU. dependerá totalmente de Turquía para importar minerales de Asia Central. Las rutas de Afganistán e Irán siguen bloqueadas por la inestabilidad. Según Korybko, Ankara podría usar esa posición para “chantajear a EE.UU.” y consolidar su poder euroasiático. La iniciativa TRIPP, la llamada “ruta de Trump para la paz y la prosperidad”, conecta Turquía, Armenia, Azerbaiyán y Asia Central, y reduce la influencia rusa.
Gestionar las tensiones evitaría que ese corredor se convierta en una palanca de presión turca. También permitiría que EE.UU. diversifique rutas y utilice el Transiberiano, que transporta recursos desde Siberia y llega a Vladivostok, desde donde pueden enviarse a California. Esto uniría los proyectos en Asia Central con los futuros desarrollos en Rusia.
La creciente importancia logística de Siberia y el Lejano Oriente ruso podría abrir la puerta a proyectos conjuntos en el Ártico y apoyar el plan de desarrollo de Putin para esas regiones. Incluso inversionistas en Mongolia evalúan desviar exportaciones hacia la red ferroviaria rusa para reducir la dependencia de China.
El resultado sería una nueva interdependencia estratégica entre Moscú y Washington. Según Korybko, esta relación no existía antes de la guerra y podría reducir el riesgo de futuras crisis. Para EE.UU., el acceso a recursos rusos también limita el avance chino, ya que frena la llegada de materias primas baratas que fortalecen su industria tecnológica.
Este posible acuerdo redefine el tablero estratégico. Washington tendría presencia económica desde Asia Central hasta el Ártico y restaría influencia a Pekín. Por eso, Korybko asegura que EE.UU. “debe negociar el fin de la guerra en Ucrania y gestionar sin demora las tensiones turco-rusas”.






