La diáspora armenia debe dejar de ser utilizada como un arma electoral y asumir las prioridades reales del Estado en 2026

La diáspora no es un arma electoral: dejen de tratarla como tal. Por Klaus Lange Hazarian

La diáspora armenia debe dejar de ser utilizada como un arma electoral y asumir las prioridades reales del Estado en 2026

"Los espejos no construyen nada": El doloroso pero urgente llamado a la diáspora armenia para que deje de jugar a la política doméstica desde la distancia y asuma la realidad del Estado. 🇦🇲⚖️

Hoy, mientras Nikol Pashinyan presentaba ante la Asamblea Nacional su Programa de Gobierno 2026-2031, pronunció una frase que resume treinta años de tensión no resuelta: hay que dejar de buscar a Armenia fuera de Armenia. La dirigió, en teoría, a los vecinos regionales —a Azerbaiyán, Turquía, Irán, Georgia—, pero el destinatario real, el que más la escuchó y el que más la va a discutir en las próximas semanas, está a miles de kilómetros de Ereván: en Los Ángeles, en París, en Beirut, en Buenos Aires.

Porque la pregunta de fondo —si la diáspora se vincula con la Armenia real, la del gobierno electo y las fronteras reconocidas, o con la Armenia que imagina y recuerda— dejó de ser un debate académico hace rato. Se convirtió en una fractura política activa, y esa fractura le está costando caro al propio país que la diáspora dice defender.

Una relación que empezó a leerse en clave partidaria

El giro no es sutil. Cuando en abril pasado 160 dirigentes comunitarios, abogados internacionales, clérigos y académicos de 26 países se reunieron en París para la Conferencia de Movilización Nacional de la Diáspora, el comunicado final no habló de infraestructura, ni de inversión, ni de los términos del acuerdo TRIPP. Habló de rescatar a Armenia de su propio primer ministro. Publicaciones vinculadas a la Federación Revolucionaria Armenia llevan meses describiendo el proyecto de “Armenia Real” —la doctrina que Pashinyan expuso otra vez hoy, con más detalle que nunca— como un intento de robarle a los armenios el derecho a soñar con recuperar algún día la “Armenia histórica”. Y hace apenas unos meses, un comentarista estadounidense de extrema derecha le dio micrófono a una figura de la diáspora para acusar al gobierno armenio de librar, palabras más, palabras menos, una guerra contra los valores tradicionales del pueblo armenio.

Nótese el problema: ese discurso no es geopolítico, es doméstico. No está argumentando por qué el corredor TRIPP es una mala idea para la soberanía armenia, ni por qué la asociación estratégica con Estados Unidos en inteligencia artificial y semiconductores perjudica los intereses del país. Está argumentando que Pashinyan es ilegítimo, y usa a la diáspora como caja de resonancia para una batalla que en Armenia ya se libra —y se pierde— en las urnas.

El costado incómodo: Moscú también juega esta partida

Lo más incómodo de este fenómeno es con quién termina alineándose, muchas veces sin proponérselo. El propio prestigio de Rusia se ha desplomado en la opinión pública armenia en los últimos años, empujado por las restricciones comerciales, el conflicto por la concesión ferroviaria y la sensación —cada vez más extendida— de que Moscú no cumplió su rol de garante de seguridad en 2020 y 2023. Y sin embargo, el ala nacionalista de la diáspora, sobre todo en Estados Unidos, y los círculos rusos que buscan recuperar influencia en Ereván convergen hoy en el mismo relato: que la paz con Azerbaiyán es una rendición, que la Constitución nueva es una imposición extranjera, que el gobierno actual vende el país. Da igual si el vendedor de ese relato habla desde Moscú o desde una organización con sede en Washington: el efecto político dentro de Armenia es el mismo, y no ayuda a nadie que no sea la oposición interna.

La diáspora armenia debe dejar de ser utilizada como un arma electoral y asumir las prioridades reales del Estado en 2026

Lo que el propio programa de gobierno reconoce, sin decirlo del todo

Hay que darle crédito a algo: el Programa de Gobierno 2026-2031 que se debate estos días no ignora el problema, lo nombra. Propone un cambio de paradigma explícito en la relación con la diáspora: de la caridad y el patriotismo simbólico a la inversión, la participación y la corresponsabilidad en la construcción de un Estado que funcione. Es, en el papel, el modelo correcto —uno que trata a la diáspora como socio, no como billetera ni como coro.

Pero ese modelo requiere una diáspora dispuesta a jugar ese rol, y ahí está la pregunta que el propio gobierno todavía no responde: ¿está la diáspora dispuesta a aceptar que las prioridades de Armenia hoy —democracia, ejército profesional, integración europea, socios nuevos, paz con vecinos históricamente hostiles— no van a coincidir siempre con lo que una parte de esa diáspora entiende, desde hace generaciones, como el deber patriótico armenio? Porque si la respuesta sigue siendo no, si cada decisión de política exterior de Ereván se sigue leyendo como una traición identitaria en lugar de como una decisión soberana de un Estado con votantes propios, entonces la diáspora no está protegiendo a Armenia de nada. Está privándose a sí misma de la única cosa que realmente podría darle peso en el futuro del país: ser tomada en serio por quien gobierna, gane quien gane la próxima elección.

Un Estado necesita seguridad, impuestos, un ejército y educación. También necesita, a veces, tomar decisiones difíciles que no le van a gustar a todo el mundo.

Una diáspora que solo está dispuesta a apoyar a Armenia cuando Armenia coincide con la Armenia que ella imagina no es una diáspora comprometida: es un espejo. Y los espejos, por definición, no construyen nada. Devuelven, nada más, lo que ya estaba puesto frente a ellos.

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