La frontera que Ankara ya no tendrá que abrir sola. Por Klaus Lange Hazarian

Dirigentes de las ciudades de Kars y Van piden abrir los pasos fronterizos tras 30 años de cierre. 😱 Buscan convertir el puente de Ani en el "Puente de la Paz" e impulsar proyectos de salud y comercio con Ereván.

Durante treinta años, la frontera entre Armenia y Turquía se cerró y se mantuvo cerrada por una sola razón: se lo pidió Bakú, y Ankara aceptó pagar ese precio en nombre de la solidaridad con Azerbaiyán durante la primera guerra de Karabaj. Fue, de principio a fin, una decisión tomada en las capitales, sobre las cabezas de quienes en realidad vivían pegados a esa línea. Kars queda a apenas unas decenas de kilómetros de Gyumri. Van está, en auto, a tres o cuatro horas de Ereván. En el mapa, esas ciudades siempre estuvieron cerca. Lo que las mantuvo lejos, durante tres décadas, no fue la geografía: fue una firma política que ellas mismas nunca pusieron.

Esta semana empezó a verse con claridad un cambio de fondo en esa ecuación, y vale la pena detenerse en él porque es distinto a todo lo que veníamos discutiendo sobre la normalización armenio-turca. Hasta ahora, el proceso avanzaba por la vía clásica: representantes especiales, memorandos, cumbres. Ya en mayo, Armenia y Turquía habían firmado en Ereván, durante la cumbre de la Comunidad Política Europea, un acuerdo para restaurar de forma conjunta el puente histórico de Ani sobre el río Aján —el viejo puente de la Ruta de la Seda—, además de reactivar los trabajos sobre el ferrocarril Kars-Gyumri y reanudar los vuelos directos entre Estambul y Ereván. Todo eso fue diplomacia de manual: gestos simbólicos, coordinados desde arriba, para construir confianza.

Lo de esta semana es otra cosa. Según trascendió, una diputada de Kars del CHP —el principal partido opositor turco— propuso directamente rebautizar ese mismo puente como “Puente de la Paz”, mientras un diputado de Kars del oficialista AKP vinculaba la eventual apertura de la frontera con el nuevo hospital regional de la ciudad, señalando que también podría atender a pacientes armenios. Y en Van, tras un foro empresarial armenio-turco en Ereván, el titular de la Cámara de Comercio local ya habla de instalar una representación permanente para coordinar relaciones económicas, calculando que con la frontera abierta Van quedaría a apenas 290 kilómetros y tres o cuatro horas de la capital armenia.

apertura frontera armenia Turquía
El debate sobre la apertura de frontera entre armenia y Turquía suma el apoyo de cámaras de comercio turcas interesadas en la UEE

Por qué que sea oficialismo y oposición a la vez cambia todo

El detalle que no hay que dejar pasar es que en Kars coinciden, en esto, un diputado del gobierno y una diputada de la oposición. Eso no es un matiz protocolar: es la señal de que abrir la frontera dejó de ser, para esa ciudad, una posición partidaria y pasó a ser un interés regional compartido. Y ahí está la clave de por qué este momento pesa distinto a los anteriores. Cuando la apertura de una frontera depende solo de la voluntad de una capital, alcanza con que cambie el humor político en esa capital para que el proceso se frene o se revierta —Armenia y Turquía ya vivieron eso más de una vez en tres décadas de intentos fallidos—. Pero cuando además del canciller y el diplomático empiezan a pedirla el empresario, el transportista, el hospital y la cámara de comercio de la propia ciudad fronteriza, el costo político de no abrirla también empieza a subir para Ankara. Y sobre todo: el costo político de volver a cerrarla, una vez abierta, sube todavía más.

Ese es, me parece, el verdadero valor de lo que está pasando en Kars y en Van esta semana. No es que vaya a acelerar mañana mismo la apertura formal de la frontera —eso sigue dependiendo, en gran medida, de que el proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán termine de consolidarse—. Es que, por primera vez en treinta años, la presión no viene solo de arriba hacia abajo. Empieza a construirse, también, de abajo hacia arriba.

Lo que Ereván debería hacer con esto

Si esto es así, Armenia tiene una tarea pendiente que no puede delegar únicamente en la mesa de negociación con Ankara: cultivar activamente a estos mismos actores del este de Turquía —cámaras de comercio, transportistas, productores agrícolas, hoteleros— como una segunda vía diplomática, paralela a la oficial.

Cuantos más intereses económicos concretos se construyan alrededor de una frontera abierta, más difícil será para cualquier futuro gobierno, en Ankara o en Ereván, dar marcha atrás sin pagar un costo político real. Hay, además, una ironía que vale la pena señalar: durante años, la pertenencia armenia a la Unión Económica Euroasiática se leyó casi exclusivamente como una herramienta de influencia rusa sobre Armenia. Pero si capital turco empieza a instalar producción conjunta en territorio armenio específicamente para acceder a ese mercado euroasiático —tal como ya lo plantea la propia Cámara de Comercio de Van—, esa membresía adquiere de golpe una función completamente distinta, casi opuesta a la que tuvo durante treinta años.

Conviene, eso sí, no exagerar el entusiasmo. La economía turca es varias veces más grande que la armenia, y abrir una frontera sin una política deliberada detrás —producción conjunta, valor agregado armenio, centros logísticos propios, nuevas cadenas de exportación— podría inundar de competencia a productores locales que hoy no están preparados para eso. Pero la dirección del cambio, en sí misma, es la noticia real de esta semana: durante tres décadas la frontera se mantuvo cerrada por decisión política, y hoy son las propias ciudades fronterizas turcas las que empiezan a preguntarse, cada vez con más fuerza, por qué sigue así.

Los puentes no solo se construyen sobre ríos. A veces hay que construirlos, primero, sobre treinta años de política que ya no le sirven a nadie de los dos lados.

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