
El bloguero Alexander Lapshin acusa a Azerbaiyán y Bielorrusia de orquestar su arresto en Armenia durante el Día de la Independencia, vinculándolo con el aniversario del genocidio en Artsaj.
El reconocido bloguero Alexander Lapshin tuvo un breve arresto en el aeropuerto de Zvartnots, en Ereván, Armenia, el pasado 21 de septiembre de 2024, que lo adujo a una provocación orquestada por Azerbaiyán y Bielorrusia con el objetivo de coincidir con el Día de la Independencia de Armenia y el aniversario del genocidio en Artsaj.
Lapshin expresó su indignación a través de su cuenta de Facebook, donde afirmó que el incidente fue planificado para “humillar e insultar a Armenia en el Día de la Independencia y el aniversario de la limpieza étnica en Artsaj”.
El arresto de Lapshin generó una ola de especulaciones, alimentadas en gran parte por sus propias declaraciones. Según sus palabras, un bot azerbaiyano le había advertido una semana antes de su viaje: “Tenemos a nuestra propia gente en la Fiscalía General de Armenia y en el aeropuerto de Ereván. Cuando llegues, habrá una sorpresa”. Estas declaraciones llevaron a Lapshin a denunciar una campaña coordinada entre Azerbaiyán y Bielorrusia para perjudicar su imagen y generar tensiones políticas.
Sin embargo, la policía armenia aclaró posteriormente que el arresto fue consecuencia de una orden de búsqueda emitida por las autoridades de Bielorrusia, no de Azerbaiyán, y que el incidente fue un malentendido. Tras revisar los documentos, el fiscal armenio dio instrucciones de no arrestar a Lapshin, quien fue liberado tras pasar unas horas detenido. El activista de derechos humanos Rubén Melikyan, presente en la comisaría, confirmó la liberación del bloguero y afirmó que no había relación alguna con Interpol ni con Azerbaiyán.

Este no es el primer encuentro de Alexander Lapshin con las autoridades. En diciembre de 2016, fue arrestado en Minsk, Bielorrusia, a petición de Azerbaiyán, después de visitar la disputada región de Nagorno-Karabaj sin la autorización del gobierno azerí. Debido a esta visita, fue condenado en Bakú a tres años de prisión bajo cargos de promover el separatismo.
El bloguero ruso-judío, que posee ciudadanía de Rusia e Israel, fue indultado en septiembre de 2017 tras un pedido de extradición por parte de Israel. Sin embargo, su experiencia en una prisión azerbaiyana estuvo marcada por la violencia. Lapshin denunció que fue víctima de tortura y un intento de asesinato durante su encarcelamiento.
En 2021, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) condenó a Azerbaiyán por su trato hacia Lapshin, declarando a las autoridades azeríes culpables de tortura e intento de asesinato. El TEDH también ordenó que Azerbaiyán pagara una compensación de 30.000 euros al bloguero.
El incidente en Armenia ha generado una vez más un debate internacional sobre el uso de mecanismos de seguridad interestatales con fines políticos. Las acciones de Azerbaiyán y Bielorrusia en contra de Lapshin son vistas por muchos como una forma de presión y censura dirigida a quienes critican las políticas de Bakú y apoyan la independencia de Nagorno-Karabaj.
Ruben Melikyan, activista de derechos humanos, comentó al respecto: “Necesitamos personas que promuevan ideas pro-Artsaj y que muestren al mundo las violaciones de derechos humanos en Azerbaiyán”.
El arresto de Lapshin en Ereván no solo subraya las tensiones entre Armenia y Azerbaiyán, sino que también expone la delicada red de cooperación internacional que puede utilizarse para perseguir a activistas y periodistas.
A pesar de las provocaciones y amenazas, Alexander Lapshin continúa utilizando su plataforma para denunciar lo que él considera injusticias cometidas por el gobierno azerí, y sigue defendiendo el derecho a la autodeterminación de Nagorno-Karabaj. Tras ser liberado en Armenia, Lapshin reafirmó su compromiso de seguir exponiendo las atrocidades cometidas en la región y agradeció el apoyo internacional que ha recibido desde su primer arresto.
Este caso refuerza la necesidad de una mayor transparencia en el uso de las órdenes de arresto internacionales y llama la atención sobre el poder que ciertos estados pueden ejercer sobre activistas y periodistas a través de canales diplomáticos.






