
IA, jerga corporativa y 5.000 horas “pro bono”. Hratch Tchilingirian critica el proyecto de Khachkar Studios y exige claridad sobre los 100 millones anunciados. ¿Gestión empresarial o fe comunitaria? 🤔 #IglesiaArmenia #EEUU
El sociólogo Hratch Tchilingirian lanzó una revisión crítica del proyecto impulsado por Khachkar Studios, vinculado a la Fundación de Paul B. Kazarian. El eje del debate gira en torno a una supuesta inversión de 100 millones de dólares para “revitalizar” el llamado ecosistema cristiano armenio en Estados Unidos.
El estudio, publicado en MassisPost, presentó la iniciativa como un plan “históricamente sin precedentes”. Sin embargo, el autor sostiene que el proyecto muestra “mucha jerga corporativa pero sorprendentemente poco rigor académico”.
Khachkar Studios asegura que destinó 100 millones de dólares al proyecto. No obstante, sus comunicados indican que la inversión está “guiada por 5.000 horas pro bono de alta dirección”.
Tchilingirian, quien es Director de Innovación Institucional en la Diócesis Occidental de la Iglesia Armenia, plantea una duda central: ¿se trata de capital líquido o de valoración del tiempo profesional? Señala que en consultoría, miles de horas ejecutivas pueden valorarse en millones sin transferencia real de fondos.
La fundación asociada, creada por Paul B. Kazarian, declaró en 2023 activos por 209 millones de dólares. Desde esa óptica, el monto anunciado representa casi la mitad de sus activos.
El proyecto afirma haber desarrollado una investigación de 18 meses con análisis comparativos. Cita una “tasa de fidelidad del 3%” entre armenios estadounidenses y ubica a la comunidad en el “decil inferior” entre 23 grupos ortodoxos.
El problema, según el académico, radica en la falta de documentos técnicos públicos. No se detallan fuentes, modelos estadísticos ni metodología de cálculo del llamado retorno social de la inversión.
El autor cuestiona también la definición estricta de “fieles” como asistentes regulares a servicios dominicales. Sostiene que esa métrica ignora dimensiones culturales y comunitarias de la identidad armenia.

Otro punto crítico es el uso extensivo de voces y avatares generados por inteligencia artificial en podcasts y materiales audiovisuales. Para Tchilingirian, un proyecto que busca “revitalizar la fe humana” debería contar con presencia visible de teólogos, sociólogos y líderes comunitarios.
En el sitio web del estudio no figura un equipo académico ni un consejo asesor. Solo se menciona su vínculo con la fundación creada en 1993.
El autor advierte que aplicar un modelo corporativo uniforme a iglesias apostólicas, católicas y evangélicas armenias simplifica realidades históricas y teológicas complejas.
La crítica no niega los desafíos institucionales del cristianismo armenio en Estados Unidos. Reconoce problemas estructurales y la necesidad de soluciones sostenibles.
Sin embargo, Tchilingirian concluye que cualquier transformación requiere transparencia, diálogo comunitario y participación del clero y los fieles. “Las directivas impuestas desde arriba rara vez han resultado suficientes”, advierte.
El debate sobre el futuro del cristianismo armenio en la diáspora ahora enfrenta una pregunta clave: ¿gestión corporativa o proceso comunitario?






