
Irán arde por dentro 🔥 Guerra, protestas, represión y un régimen cuestionado. Armenia enfrenta un dilema clave: ¿pragmatismo o principios? El futuro regional depende de esa decisión. 🌍
En Irán viven cerca de 80 millones de personas. No más de 10 millones apoyan al líder religioso; el resto se opone al régimen. Los iraníes anhelan un Irán libre, no un estado gobernado por una dictadura religiosa.
El fallecido Jamenei y su nuevo heredero, un mulá sin comprensión real de la política moderna ni de la gobernanza, representan todo lo que el 90% de los iraníes rechazan: un gobernante que no puede ni debe dirigir un Estado.
Mientras la gente común sobrevive entre la pobreza y el miedo, el hijo de Jamenei disfruta tranquilamente en Dubái, alejado de la “modestia islámica” que predica. El régimen se escuda tras velos negros, retórica religiosa y una pseudo-moralidad que ocultan violencia, represión y maldad. Los religiosos y su sistema han segado la vida de decenas de miles de personas. En Irán, los ciudadanos son oprimidos, torturados y convertidos en esclavos del régimen.
Durante la represión de las últimas protestas, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) asesinó hasta 40.000 manifestantes pacíficos. Un precedente de tal magnitud que la historia apenas registra. En este contexto, la Unión Europea designó al IRGC como organización terrorista. Y sin embargo, ahí está la pregunta incómoda: ¿Qué tiene que ver todo esto con Armenia?
Armenia mantiene una relación compleja con Irán. Vecinos geográficos, compartimos una frontera de vital importancia estratégica. Irán ha sido, en ocasiones, una vía de escape al bloqueo impuesto por Turquía y Azerbaiyán. Pero esta relación de necesidad no puede ni debe convertirse en un cheque en blanco a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos.
Un armenio no puede ni debe respaldar un régimen autoritario. Y cada vez que alguien abre la boca para invocar “siglos de hermandad” entre nuestros pueblos, deberíamos preguntarnos: ¿hermandad con el pueblo iraní o con sus verdugos?
Porque el pueblo iraní, ese que se manifiesta a riesgo de su vida, que corea “Mujer, Vida, Libertad”, que entierra a sus jóvenes asesinados por el régimen, ese pueblo es nuestro verdadero hermano. No los mulás que oprimen a sus propias mujeres, que ejecutan en público, que financian el terrorismo en la región mientras su población se empobrece.

Esta no es solo una cuestión de principios morales. Tiene consecuencias prácticas y estratégicas para el país.
Primero, la imagen internacional. Mientras Occidente endurece su postura contra Teherán, Armenia aparece alineada con un régimen cada vez más aislado y señalado como promotor del terrorismo a través del IRGC. Esto no es neutralidad; es posicionamiento.
Segundo, la comunidad armenia en Irán. Nuestros compatriotas, que han sobrevivido durante siglos en territorio persa, se encuentran atrapados entre dos fuegos: la lealtad a su tierra natal y el miedo a un régimen que no duda en reprimir. Callar ante la opresión iraní es abandonar a nuestra propia diáspora.
Tercero, la oportunidad histórica. En algún momento, el régimen de los mulás caerá. Como todas las dictaduras, lleva en sí las semillas de su destrucción. Cuando ese día llegue, ¿dónde quiere estar Armenia? ¿Del lado del pueblo iraní que lucha por su libertad o del lado de los verdugos que hoy masacran? Nuestra posición actual será recordada.
Cuarto, los valores. Armenia ha sufrido genocidio, represión y violencia estatal. Somos un pueblo que conoce el precio del silencio internacional. Si nosotros, que tanto hemos padecido, callamos ante el sufrimiento de otros, ¿en qué nos convertimos?
No se trata de romper relaciones ni de actuar imprudentemente. Se trata de tener una posición clara: apoyamos al pueblo iraní, respetamos su lucha, condenamos la represión del régimen. Podemos mantener relaciones diplomáticas con Irán sin por ello aplaudir a sus gobernantes ni justificar sus crímenes.
Los líderes mundiales que hoy reciben a los disidentes iraníes, que alzan la voz contra las ejecuciones en las calles de Teherán, que exigen libertad para las mujeres iraníes, esos líderes serán recordados como aliados del pueblo persa. Los que callan, los que negocian en silencio mientras caen las balas, serán recordados como cómplices.
Armenia debe elegir. Podemos seguir invocando una “hermandad” vacía con un régimen que mata a su propio pueblo, o podemos alzar la voz por la libertad y la dignidad de los 80 millones de iraníes que merecen un futuro mejor.
El pueblo armenio, que tanto ha sufrido, tiene la obligación moral de estar del lado correcto de la historia. Del lado de las víctimas, no de los verdugos. Del lado de la libertad, no de la opresión. Del lado del pueblo iraní, no de sus carceleros.
Porque cuando en Irán caiga la dictadura, y caerá, querremos poder mirar a los ojos a nuestros vecinos liberados y decirles: nosotros estábamos con ustedes. No con los que los oprimían.
Y entonces, quizá, podremos construir una verdadera hermandad. No con mulás y guardianes de la revolución, sino con personas libres que, como nosotros, anhelan paz, dignidad y justicia.






