Un viaje al legado musical armenio en Irán: ashugs, gongs y templos que aún guardan ecos de fe, exilio y tradición en Nueva Jugha.

La música que une a Armenia y Irán atraviesa siglos y revive hoy en las calles de Isfahán

Un viaje al legado musical armenio en Irán: ashugs, gongs y templos que aún guardan ecos de fe, exilio y tradición en Nueva Jugha.

La música del Irán armenio sigue viva en Nueva Jugha. Ashugs, campanas y kemanchas cuentan una historia que viajó siglos sin romperse. Un viaje sonoro entre fe, exilio y memoria que conecta Ereván con Isfahán.

La historia de la música armenia vuelve a vibrar en Isfahán en Irán, donde el legado de los ashugs y de la comunidad de Nueva Jugha revela una tradición que resistió guerras, migraciones y siglos de exilio. La crónica arranca mucho antes, en el siglo XVIII, en la antigua Iglesia Armenia de San Gevorg en Tbilisi. Allí, Sayat-Nova —el ashug cuya obra combina las culturas armenias, georgianas y persas— afrontó su martirio. “Podían exigirme renunciar, pero no podían arrancarme la fe”, recuerda la tradición oral sobre sus últimos minutos.

La figura de Sayat-Nova trascendió al Cáucaso y llegó incluso al planeta Mercurio, donde un cráter lleva su nombre. Su presencia sigue viva en la calle que lo homenajea en Ereván y en el monasterio de Haghpat, escenario de “El color de las granadas”, la obra de Sergei Parajanov que revivió su mundo poético.

El eco armenio en el corazón de Irán

Cuando Shah Abbas I trasladó a miles de armenios a Persia, surgió Nueva Jugha, un enclave que preservó la fe, la artesanía y la música del exilio. Ese legado hoy se custodia en el Museo Tesoro Musical de los Armenios de Nueva Jugha, donde esperan antiguos chungurs, kemanchas, sazs y santurs. “Cada instrumento guarda una historia que sobrevivió al viaje y al tiempo”, explican los guías locales.

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Los ashugs: trovadores del amor y del camino

El siglo XVII vio nacer a los ashugs , trovadores orientales cuyo nombre deriva del árabe asheh, “amante”. “El ashug amaba todo: a su tierra, a su mujer, a Dios, al sonido mismo”, dice una inscripción conservada en Nueva Jugha. Los instrumentos definían su voz: el chungur, claro como un arroyo; la kemancha, persistente; el saz, cálido y narrador.

Las lápidas del viejo cementerio de Nueva Jugha registran escenas de músicos, artesanos e intérpretes: un archivo silencioso que documenta la vida cotidiana de la comunidad.

El sonido como rito

El antiguo gong de madera, o takaghak, anunciaba la llegada del sacerdote. Su tono aún despierta cada mañana a las monjas del Monasterio de Santa Catalina. La campana, un cuenco de bronce con voz cristalina, ocupó un lugar sagrado. “Dicen que su repique podía calmar tormentas y detener epidemias”, narran las leyendas locales.

El ripidion, disco de plata decorado con ángeles, transformaba la liturgia en un momento casi celestial. Sus campanillas evocaban “los himnos de los ángeles”, afirman las antiguas crónicas. La kemancha, mencionada ya por Grigor Narekatsi, completaba este universo sonoro que enlaza templo, hogar y memoria.

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Un viaje al legado musical armenio en Irán: ashugs, gongs y templos que aún guardan ecos de fe, exilio y tradición en Nueva Jugha.

La música como patria portátil

La música sostuvo a la comunidad armenia de Irán en tiempos de migración. Unía el sufrimiento y la fe. Acompañaba nacimientos, duelos y celebraciones. “La música empieza antes que las palabras”, repetían las madres que acunaban a sus hijos, mientras los ancianos murmuraban melodías que nunca abandonaron.

Hoy, en Nueva Jugha, ese legado sigue encendido. Lo terrenal y lo espiritual encuentran un puente en cada gong, en cada campana, en cada cuenco de sonido que recuerda a un pueblo que no perdió su voz, aun lejos de su hogar.

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