
🕊️ El mito del 88 vuelve. Pero revivirlo hoy podría romper la estabilidad de Armenia y del Cáucaso Sur. #Armenia #Historia #Cáucaso
En Armenia, algunos sectores políticos intentan revivir el espíritu del Movimiento de Karabaj de 1988 como estrategia para lograr un cambio de gobierno o ganar las próximas elecciones parlamentarias. Sin embargo, este discurso —según advierte el analista Vahram Atanesyan— es “una narrativa frágil y peligrosa”, porque ignora las profundas diferencias entre el contexto soviético de entonces y la Armenia independiente de hoy.
En 1988, miles de armenios se unieron en torno a una sola consigna: la reunificación del Nagorno Karabaj con Armenia. Pero ese objetivo nunca se concretó. Para Atanesyan, insistir en repetir aquel modelo de “unidad nacional” es “mal augurio”, porque ese mito contaminó durante más de tres décadas la conciencia pública, elevando a los líderes del movimiento a una condición casi mística, lo que terminó dañando el proceso de construcción estatal tanto en Armenia como en Artsaj.

El periodista recuerda que, apenas días después de la histórica sesión del Consejo Regional del 20 de febrero de 1988 en Stepanakert, se produjo un cambio de poder local. El primer secretario Boris Kevorkov, cercano a Heydar Aliyev, fue reemplazado por Henrikh Poghosyan. Sin embargo, la aparente unidad se quebró rápidamente: en el centro de Stepanakert aparecieron pancartas con la frase “Kevorkov se fue, pero su cola quedó”. Esa división inicial, según Atanesyan, reveló que la elite política local nunca fue monolítica.
El testimonio histórico muestra que el Comité “Krunq”, formado el 1 de marzo de 1988, fue más que un grupo cívico. Uno de sus miembros confesó a periodistas rusos que el nombre no evocaba al ave simbólica armenia, sino que era una sigla en ruso: Комитет революционного управления Нагорным Карабахом (“Comité Revolucionario de Administración de Nagorno Karabaj”). Ese detalle, poco conocido, confirma que desde el inicio coexistían intereses políticos y de poder bajo el discurso nacional.
La rivalidad entre regiones —Askerán, Hadrut y otras zonas— también fue manipulada, creando divisiones entre los llamados “distritos nacionales” y los “adaptados”, una fractura que perduró décadas. Esa fragmentación, señala Atanesyan, debe servir de advertencia: intentar recrear hoy un movimiento de masas bajo el mito del 88 puede poner en riesgo la frágil estabilidad política de Armenia.
Para los observadores regionales, la evocación del “fenómeno del 88” en la actual crisis política armenia puede tener consecuencias geopolíticas. A diferencia del período soviético, Armenia hoy se encuentra entre la presión de Rusia, el conflicto con Azerbaiyán y los desafíos de integración con Occidente. Un nuevo movimiento popular sin estructura institucional podría reabrir fracturas internas y debilitar la soberanía nacional en un contexto regional extremadamente volátil.
En palabras de Atanesyan, “el déjà vu del 88 es una advertencia: repetirlo no sería heroico, sino peligroso”.






