ONG armenia acusa a Robert Kocharyan de usar lenguaje sexista. El Centro de Recursos para Mujeres exige respeto e igualdad en la política.

El espejo ruso: cuando el patriotismo se convierte en amenaza. Por Klaus Lange Hazarian

ONG armenia acusa a Robert Kocharyan de usar lenguaje sexista. El Centro de Recursos para Mujeres exige respeto e igualdad en la política.

🧠🇦🇲 Patriotismo sin pasaporte no fortalece Estados. Los debilita. Armenia no puede copiar el modelo ruso. El peligro detrás del “Mundo Armenio” de Kocharyan.

Las declaraciones recientes de Robert Kocharyan deberían encender todas las alarmas, no solo por su contenido, sino por el espejo en el que nos invita a mirarnos. Su afirmación de que “Armenia es un país con una gran diáspora y no debería limitarse a su territorio” no es una propuesta innovadora de unidad pan-armenia. Es, lisa y llanamente, la importación de una doctrina geopolítica fracasada y sangrienta: la misma que Vladimir Putin utiliza para justificar la aniquilación de Ucrania.

El paralelismo es escalofriante y no es casual. La idea de que un Estado tiene derechos o responsabilidades especiales sobre personas de su misma etnia o lengua que viven en otros países es el combustible de los conflictos expansionistas. Rusia lo llama el “Mundo Ruso”. Kocharyan, con una peligrosa falta de originalidad, nos propone un “Mundo Armenio”. La historia reciente nos muestra el resultado de esta ecuación: cerca de medio millón de muertos, ciudades arrasadas, economías destrozadas y un país convertido en paria internacional. ¿Es este el futuro que queremos para Armenia?

La trampa del “patriotismo sin pasaporte”

Detrás de la retórica emocional se esconde una trampa conceptual letal para la soberanía. Un Estado moderno no es una membresía étnica; es un contrato de ciudadanía. Los armenios de Buenos aires, Los Ángeles, Moscú o Beirut son, ante la ley y la política internacional, ciudadanos estadounidenses, rusos, argentinos o libaneses. Su principal lealtad, su deber de defensa y su responsabilidad fiscal es hacia esos países. Esto no es una traición a la sangre; es la realidad del sistema Westfaliano en el que vivimos.

Kocharyan propone un modelo de “ciudadanía light”: todos los armenios del mundo pueden opinar, influir y hasta decidir sobre el destino de la República de Armenia, pero sin asumir los costos. Sin pagar impuestos aquí, sin servir en el ejército armenio, sin sufrir las consecuencias de un bloqueo o una crisis política. Es el patriotismo del sofá: emocionante, gratificante en redes sociales y completamente irresponsable.

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Patriotismo sin responsabilidad: el riesgo de copiar la doctrina geopolítica del Kremlin en Armenia como quiere Kocharyan es un peligro

La prueba del algodón: ¿Quién paga los platos rotos?

Quien quiera tener voz y voto en el futuro de Armenia debería pasar la prueba del algodón. Debe demostrar que su compromiso va más allá de las palabras y los donativos ocasionales.

Debe vivir en el territorio de la República, pagar sus impuestos al fisco armenio, servir o enviar a sus hijos a servir en el Ejército de Defensa de Armenia, votar en sus elecciones y sufrir las consecuencias de los gobiernos que elija; y arriesgar su seguridad física y su bienestar económico con el resto de la ciudadanía.

Todo lo demás es turismo político. Es fácil ser “patriota” desde la seguridad de un restaurante de Buenos Aires, una iglesia en Moscú o una oficina en Glendale, donde las malas decisiones políticas no significan cortes de luz, reclutamiento militar o crisis económica.

La diáspora: socio, no soberano

Esto no significa menospreciar a la diáspora. Su apoyo económico, cultural y político fue, es y será vital. Pero hay una diferencia abismal entre ser un socio y ser un soberano. La diáspora puede y debe ayudar, aconsejar, invertir y conectar. Pero la soberanía —el derecho a tomar las decisiones últimas sobre la guerra, la paz, la economía y las leyes— reside exclusivamente en quienes viven dentro de las fronteras y cargan con las consecuencias.

La propuesta de Kocharyan, consciente o no, diluye esa soberanía. Crea un ambiguo “pueblo armenio global” donde el ciudadano de Ereván que paga con su vida y sus impuestos vale lo mismo que el comentarista de Beirut que opina entre café y café. Es una injusticia y una insensatez.

El verdadero desafío: hacer que valga la pena volver

En lugar de fantasías expansionistas, el debate debería centrarse en la pregunta urgente: ¿Cómo hacemos de Armenia un país donde valga la pena vivir?

La mejor manera de honrar a la diáspora no es dándole un voto ficticio, sino construyendo una patria tan próspera, segura y libre que los armenios del mundo quieran volver. Que obtener la ciudadanía armenia sea una elección deseada, no un sentimentalismo étnico. Que la nacionalidad se gane con contribuciones reales al país, no con declaraciones grandilocuentes.

Kocharyan nos ofrece un espejo deformante, el mismo que lleva a Rusia al desastre. Rechacemos esa imagen. Armenia no es una idea etno-romántica sin fronteras. Es un Estado de 29,743 km² que necesita, más que nunca, ciudadanos de carne y hueso, responsables y presentes. La patria no se defiende con comentarios y publicaciones, sino con el trabajo diario dentro de sus fronteras. Que cada cual asuma su responsabilidad donde le corresponde.

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