
¿Hacia dónde va la Iglesia Armenia? El texto de Chilinkiryan vuelve a escena y expone una crisis de misión, comunicación y sentido espiritual. El próximo Concilio Episcopal podría marcar el futuro de la institución y su vínculo con armenios en Armenia y la diáspora.
Este artículo escrito por el Dr. Hrach Chilinkiryan fue escrito hace 12 años, sin embargo, los interrogantes que plantea hoy suenan más agudos, más actuales y más urgentes que nunca. Los problemas relacionados con la misión, valores, liderazgo y relación con la sociedad de la Iglesia no solo no envejecieron, sino que en nuevas situaciones adquirieron otras profundidades. Por esta razón, esta publicación traducida no es un simple recuerdo del pasado, sino un llamado dirigido al presente y a los años venideros para revisar, reevaluar y revitalizar la misión esencial de la Iglesia Apostólica Armenia.
La Iglesia Apostólica Armenia se encuentra hoy, en todo el mundo, en la intersección de desafíos, problemas fundamentales y cuestiones administrativas y morales. Según la formulación del Primado de la Diócesis de Artsaj, el Obispo Pargev: “Nuestra nación avanza a través de pruebas. Nuestra Iglesia también avanza a través de sus pruebas”. ¿En qué dirección avanzar, qué prioridad dar a los problemas y a sus soluciones? Sin duda, numerosas preguntas como estas mantendrán despiertos al menos a algunos miembros del próximo Concilio Episcopal.
Como a lo largo de la historia, comenzando con el Concilio de Shahapivan en el siglo V, los Concilios Episcopales de la Iglesia Apostólica Armenia se han convocado para discutir cuestiones confesionales, doctrinales y teológicas en la vida de la Iglesia, así como para establecer orden y regulaciones. Los resultados y conclusiones del Concilio Episcopal se presentan al Catolicós para su validación o a la Asamblea Eclesiástica Nacional (el órgano legislativo y administrativo supremo de la Iglesia) para su aprobación. En el siglo pasado, el Concilio Episcopal se ha convocado oficialmente solo tres veces. En el concilio convocado por invitación del Catolicós Vazgen I en octubre de 1956, se decidió “convocar el Concilio Episcopal al menos una vez al año”, pero por diversas razones no fue así. El siguiente fue en 1969, y desde entonces no se han celebrado concilios oficiales (solo “consultivos”), ni se han discutido cuestiones urgentes que preocupan a la Iglesia y a los fieles. Un fenómeno tardío es que de los actuales 76 obispos de la Iglesia Apostólica Armenia (sumando Etchmiadzin y Antelias), apenas dos o tres han participado previamente en algún Concilio Episcopal oficial y pleno.
Las actuales turbulencias en la Iglesia no son algo novedoso. La Iglesia en general y especialmente su jerarquía clerical, en el transcurso del último siglo al menos, han presenciado numerosas y profundas crisis, desde Constantinopla hasta Etchmiadzin, desde la “crisis” Antelias-Etchmiadzin de los años 50 hasta las crisis de Jerusalén en los años 60 y 80. Pero a diferencia del pasado, cuando los factores externos tenían un papel e influencia más destacados en la manifestación de las crisis, hoy la Iglesia no tiene problemas insuperables. Todos los problemas internos son solucionables. En la vida de las instituciones, cualquier “crisis” grave es la acumulación de problemas postergados o no resueltos. Hoy, el “inventario” de tales acumulaciones exige propuestas de discusiones serias y consecuentes, y de soluciones.
En la vida de toda organización hay momentos en que es necesario echar una mirada retrospectiva a los valores adoptados y reflexionar sobre las exigencias que plantean. Hoy, la Iglesia Apostólica Armenia, como organización, necesita con urgencia clarificar su misión y puntos de referencia acordes con las condiciones sociales contemporáneas, para así servir de manera renovada al pueblo que le ha sido confiado.

Uno de los pasos más necesarios para el Concilio Episcopal debe ser discutir, precisar y establecer el “eje de la misión” de la Iglesia para las próximas décadas del rápido y globalizado siglo XXI.
Sin duda, la misión de la Iglesia fue definida hace dos mil años en tiempos de los apóstoles, basándose en los mandatos fundamentales de Cristo y en el Evangelio (por ejemplo, Lc. 4:16-20, Mt. 28:19-20), pero hoy, en gran medida, ni los eclesiásticos ni los laicos tienen una idea clara o una comprensión unánime de qué principios, referentes, objetivos, valores y perspectivas abarca la misión de la Iglesia Armenia. Sin duda, la Iglesia tiene una misión clara proveniente de siglos, pero ¿cómo debe llevarse a cabo esta misión? ¿Cómo hacer que esta misión sea comunicativa y significativa para el armenio que vive en Ereván, Gyumri o Shushi, o en Beirut, Abu Dhabi, París, Ámsterdam, Los Ángeles, Toronto, Córdoba, Melbourne o Hong Kong?
Como en la vida de cualquier organización secular o religiosa, la clarificación del eje de la misión es un compendio de valores (como el Credo Niceno en el caso de la fe ortodoxa). Allí se establecen principios a través de los cuales la organización encuentra su orientación, y se definen criterios según los cuales la organización es evaluada por sus seguidores y por otros. Una guía de misión tan clara es efectiva porque ayuda a los miembros de la organización a poner en práctica los valores establecidos. Este debe ser el comportamiento de cualquier organización, su base fundamental en todos los aspectos.
La clarificación de los valores más importantes de la misión contemporánea de la Iglesia Armenia proporcionará a sus servidores un punto de referencia fundamental, un “mapa” para el trabajo dirigido y el ámbito espiritual, sobre cuya base será posible servir a los verdaderos objetivos de la Iglesia y alrededor del cual se unirán clérigos y servidores laicos. La clarificación de la misión y los valores garantiza vitalidad y fortalece la fidelidad y confianza del pueblo hacia su “lugar de nacimiento del alma”.
Carece de sentido hablar de la importancia del servicio “nacional” o “sociocultural” de la Iglesia Armenia, sin guiarse por los principios de su misión espiritual y ético-religiosa fundamental. Por mucho que aceptemos que la Iglesia también tiene importancia “secular”, vale la pena enfatizar que, como durante siglos, el objetivo primario y supremo de la Iglesia ha sido la salvación del alma, una obligación, si no un “yugo dulce”, que cada clérigo promete en el momento decisivo de la consulta durante su ordenación. (El Ritual de la Ordenación enfatiza este punto repetidamente).
Las instituciones que se desvían de su misión fundacional y primaria, con el tiempo se vuelven un fin en sí mismas, estructuras museísticas alejadas de la realidad y de la vida social. Hoy, si la Iglesia Armenia en Armenia y la Diáspora tiene un papel e importancia “nacional”, ¿en qué se diferencia del papel y servicios de partidos políticos, organizaciones culturales, benéficas y sociales? Hasta hoy, la Iglesia no ha discutido tal cuestión, ni ha establecido una política clara sobre cuál es su papel “nacional”, aunque la mayoría de los clérigos hablan con más tranquilidad sobre lo “nacional” o el eslogan “la santa fe de nuestros padres”, que sobre temas morales y espirituales que preocupan a la sociedad.
No se puede inspirar respeto hacia los valores sin ponerlos en práctica; valorar el amor es amar. Los valores también crean criterios con los cuales medimos nuestra actividad. Valores claros y comunicables deben perfilar los principios organizativos administrativos de la Iglesia como guía para su proceso colectivo y su pensamiento rector.
Finalmente, la vitalidad de toda iglesia depende principalmente del entusiasmo de los fieles, de su sentido de responsabilidad y participación, no solo de las “disposiciones” de un pequeño grupo de clérigos o laicos. Hoy es muy claro que vivimos en una era de protesta y exigencia, donde la sociedad no solo ha superado su miedo hacia el poder absoluto y la tiranía, sino que también ha adoptado una lucha decidida y consecuente en favor de los intereses colectivos. En nuestro caso, esto no significa que la gente en Armenia o la Diáspora se “rebelará” contra la Iglesia, pero enfatiza la realidad de que ignorar las expectativas de la sociedad conduce al aislamiento del clericalismo eclesiástico.
En este sentido, la Iglesia debe estar preparada para Vivir y no solo para predicar la fe cristiana armenia. Para establecer el eje de la misión de la Iglesia Apostólica Armenia, el Concilio Episcopal puede comenzar con las preguntas más simples, que cualquier gran institución similar se haría hoy para manifestar su vida interna y definir sus relaciones externas.
Preguntas similares, enfoques serios y trabajos consecuentes, especialmente con la participación activa de laicos, ya han dado resultados en varias comunidades y han traído vitalidad y dinamismo a algunas parroquias.
Hoy, en la segunda década del siglo XXI, la Iglesia Apostólica Armenia con todas sus sedes primaciales e instituciones debe unir sus fuerzas y “riquezas”, para que cada parroquia, diócesis o comunidad eclesiástica se convierta en un verdadero hogar espiritual, donde la Fe, la Esperanza y el Amor sean los cimientos de la vida comunitaria y espiritual.
Más allá del ámbito administrativo y organizativo, y más vitalmente, la Iglesia Apostólica Armenia debe desarrollar un diálogo intelectual con la sociedad sobre cuestiones ético-sociales contemporáneas y otras que preocupan a la humanidad. Las reformas litúrgicas o rituales son deseables y quizás necesarias, pero carecen de sentido cuando no tienen relación ni impacto directo en la vida cotidiana de la sociedad o del pueblo piadoso. Por ejemplo, la reforma y regulación del rito del bautismo será mucho más significativa si se dedica igual tiempo, reflexión y esfuerzo a explicar al armenio qué significa el bautismo y cuál es la relación del rito con su vida en el siglo XXI. Es decir, ¿cuál es el sentido de ser un cristiano armenio bautizado en el mundo actual, plural y multifacético, donde el armenio, a diferencia del pasado lejano, tiene contacto permanente con diversas y no tradicionales formas de pensamiento e inclinaciones?
Una Iglesia, sin una misión cristiana clara, es una organización secular, carente de su dinamismo espiritual. Una Iglesia, sin fieles que oren colectiva o individualmente, es solo un edificio. Una Iglesia, sin la disposición de ayudar a los demás y sin servicio comunitario, es simplemente un almacén de glorias pasadas.
Este es el problema fundamental de la Iglesia Apostólica Armenia hoy; el resto, aunque importante, son detalles.






