Obispos hablaron de "soberanía histórica" de la Iglesia armenia. ¿Puede una Iglesia ser soberana como un Estado? ¿Espiritualidad o política?

¿La Iglesia Armenia se autoproclama estado en Austria?

Obispos hablaron de "soberanía histórica" de la Iglesia armenia. ¿Puede una Iglesia ser soberana como un Estado? ¿Espiritualidad o política?

La Iglesia Apostólica Armenia pidió respeto a su “soberanía históricamente consagrada”. El término desató polémica jurídica y política. El debate divide a fieles y reabre la tensión entre fe y poder en Armenia 🇦🇲⛪

Tres días en Suiza. Veinticinco obispos representando a Echmiadzin, Jerusalén y Constantinopla. Una asamblea episcopal convocada con meses de anticipación. ¿El resultado? Cero documentos religiosos, cero mensajes cristianos, cero encuentros con la comunidad armenia local. En cambio: declaraciones políticas, un llamado al gobierno a respetar la “soberanía histórica” de la Iglesia, y una reunión con un cardenal católico mientras se ignoraba la iglesia de Santa Hripsimé en Viena.

El espectáculo montado en suelo austriaco —sí, porque la máxima asamblea espiritual de la Iglesia Armenia terminó celebrándose en un monasterio católico en Austria— merece ser analizado con la seriedad que exige la situación, pero también con la claridad que merecen los fieles.

Hagamos un breve resumen de lo ocurrido: se convocó una asamblea episcopal sin agenda previa; el 10% de los arzobispos no recibió invitación; la asamblea se transformó en una simple reunión; y los participantes oraron en iglesias católicas pero no pisaron un templo armenio consagrado por Vazgén I en 1972. La pregunta surge inevitable: ¿qué clase de liderazgo espiritual es este que ignora a su propia grey, que evita sus propios templos, que convoca a obispos para no tomar decisiones eclesiásticas?

Pero lo más grave no es la logística fallida. Lo grave es el mensaje que se envía: la Iglesia Armenia parece más preocupada por la política que por la fe.

Los veinticinco obispos emitieron declaraciones políticas. No hubo programas espirituales, ni iniciativas pastorales, ni mensajes de esperanza cristiana. Y luego decidieron pedir al gobierno de la República de Armenia que respete la “soberanía históricamente consagrada” de la Iglesia.

Permítanme detenerme aquí: en la tradición cristiana, la categoría de “Iglesia soberana” no existe en términos estatales y jurídicos. Una Iglesia puede ser autocéfala o no, puede tener un estatus especial reconocido por el Estado —como lo tiene la Iglesia Apostólica Armenia en la Constitución armenia— pero no es “soberana” como si fuera un Estado dentro del Estado. El Vaticano es la excepción, no la regla. Y la Iglesia Armenia no es el Vaticano, ni debe aspirar a serlo.

La Constitución armenia ya reconoce el papel especial de la Iglesia en la preservación de la identidad nacional y el desarrollo cultural. Ese reconocimiento es valioso y real. Pero confundir ese estatus con una pretendida “soberanía” política es desviarse de la misión esencial del cristianismo.

Y mientras los obispos acusaban al gobierno de intromisión política, el Catholicós Karekin II se reunía en Echmiadzin con la Federación Revolucionaria Armenia (FRA). La misma FRA que en Armenia es una fuerza políticamente irrelevante, que en la diáspora muestra un franco declive, pero que mantiene arraigo en Estados Unidos. La misma FRA que tiene en su historial acciones violentas, incluyendo el asesinato de religiosos.

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Obispos hablaron de “soberanía histórica” de la Iglesia armenia. ¿Puede una Iglesia ser soberana como un Estado? ¿Espiritualidad o política?

La ironía es tan profunda que duele: se acusa al gobierno de politizar la Iglesia mientras se estrechan lazos con una organización política; se reclama autonomía mientras se eligen alianzas partidarias; se exige respeto a la “soberanía eclesiástica” mientras se actúa como un actor político más.

Hay un solo responsable de esta realidad que parece haberse quedado sin patria y sin iglesia. Porque cuando los pastores abandonan el rebaño, cuando las decisiones espirituales se postergan indefinidamente, cuando las asambleas episcopales se convierten en foros políticos, la institución eclesiástica se vacía de contenido.

Afortunadamente, el proceso de renovación de la Iglesia Armenia es imparable. Los fieles esperan menos declaraciones políticas y más orientación espiritual. Menos reuniones con partidos y más visitas a las comunidades. Menos palabras sobre soberanía y más acciones que demuestren fidelidad al Evangelio.

La Iglesia Armenia tiene una historia milenaria, una tradición teológica profunda y un papel insustituible en la preservación de la identidad nacional. Pero su misión no es política: es espiritual y moral. Cuanto antes lo comprendan sus líderes, antes podremos superar esta lamentable confusión de roles que tanto daña a la institución y a los fieles.

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