La distorsión histórica de Aliyev y el deber de memoria de Armenia

En otro intento de distorsión histórica antes de que los tribunales internacionales lo juzguen por genocidio, Ilham Aliyev acusó al Grupo de Minsk de "apoyar a Armenia"

El presidente azerbaiyano Ilham Aliyev ha convertido la distorsión histórica en arte político. Su última actuación en Mataghis ocupado – donde acusó a los copresidentes del Grupo de Minsk de “apoyar a Armenia”- no es solo otra mentira descarada. Es el intento desesperado de un criminal de guerra por reescribir la historia antes de que los tribunales internacionales comiencen a escribir sus sentencias.

Aliyev sabe tres verdades incómodas:

Primero, que su “victoria gloriosa” en 2020 fue en realidad una operación turca ejecutada con drones israelíes y mercenarios sirios. El ejército azerbaiyano fue meros extras en la producción de Erdogan.

Segundo, que el Grupo de Minsk conserva en sus archivos todas las concesiones que Armenia hizo por la paz durante 25 años, mientras Azerbaiyán preparaba la guerra. Esos documentos son su condena.

Tercero, que la limpieza étnica de Artsaj sigue siendo un crimen sin prescribir. Mientras exista el Grupo de Minsk, existirá un foro donde recordarlo.

La estrategia es clara: si logra demonizar al Grupo de Minsk como “parcial” y forzar su disolución, podrá presentar la solución militar como inevitable y la deportación de armenios como un “asunto interno”. Es el mismo juego que jugó Putin con Ucrania: crear hechos consumados y luego exigir que el mundo los legitime por cansancio diplomático.

Pero hay una diferencia crucial. Mientras Occidente se desangraba en debates estériles sobre Ucrania, aprendió la lección: ceder ante los autócratas solo alimenta nuevas agresiones. El apoyo militar a Kiev marcó un punto de inflexión. Hoy, cuando Aliyev amenaza con nuevos ataques a Armenia propiamente dicha, ya no encuentra la misma complacencia internacional.

El silencio de Armenia sería catastrófico. Cada declaración no rebatida de Aliyev se convierte en “verdad alternativa”. Cada acusación no contestada, en “prueba” de victimismo azerbaiyano.

El gobierno armenio debe exigir la publicación íntegra de las actas del Grupo de Minsk, que muestran cómo Azerbaiyán saboteó sistemáticamente las soluciones pacíficas.

Luego, denunciar en la Corte Penal Internacional no solo los crímenes de 2020, sino el patrón continuado de incitación al odio étnico desde las más altas esferas del gobierno azerbaiyano.

Y por último, capitalizar la creciente brecha entre Turquía y Azerbaiyán, evidenciada por los ataques de la prensa progubernamental de Bakú contra Erdogan.

La historia no la escriben los verdugos, sino quienes sobreviven para contarla. Armenia tiene el deber moral y estratégico de asegurar que el mundo no olvide lo que realmente ocurrió en Artsaj. El costo del silencio sería que la próxima generación de armenios crezca en un mundo donde la limpieza étnica se llama eufemísticamente “reintegración”, y los criminales de guerra reciben ovaciones en la ONU.

La batalla por la memoria es tan crucial como la batalla por Syunik. Perderla sería perder Nagorno-Karabaj dos veces: primero el territorio, luego la verdad.

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