
Aliyev intentó consolidar una narrativa de “victoria” con un desfile militar en Bakú, pero la asistencia internacional fue mínima. Turquía y Pakistán presentes; Europa y la ONU ausentes. #Cáucaso #Azerbaiyán #Geopolítica
El presidente Ilham Aliyev buscó convertir el 8 de noviembre en una fecha simbólica para una supuesta “victoria definitiva”. Sin embargo, el desfile militar organizado en Bakú mostró señales de debilidad política más que de fuerza. Según medios oficiales azerbaiyanos, se invitó a líderes de decenas de países, pero la mayoría de los gobiernos enviaron representantes de bajo nivel o simplemente ignoraron la invitación.
Solo el presidente de Turquía y el primer ministro de Pakistán asistieron en persona. Irán y los países de Asia Central no enviaron altos funcionarios. Rusia, Ucrania, la República Checa, Moldavia, China, Israel e Irán se representaron apenas a nivel de embajadores. Estados Unidos, Corea del Sur y Polonia asistieron a través de agregados militares. Los embajadores de Alemania, Letonia y Suiza no acudieron.
Diplomáticos de Francia, Países Bajos, España y delegaciones de organizaciones internacionales eligieron “ver el evento por televisión”, según informaron al Ministerio de Relaciones Exteriores de Azerbaiyán.

Los medios estatales azerbaiyanos reaccionaron responsabilizando a Francia y la Unión Europea, acusándolas de “envidia” y “temor” ante la supuesta supremacía militar en la región del mar Caspio.
A pesar de la fuerte retórica antioccidental, el desfile tenía un destinatario central: Moscú. Hace cinco años, el presidente ruso Vladímir Putin autorizó el despliegue de fuerzas de paz en Nagorno-Karabaj, acción que supuso la aceptación de una responsabilidad estratégica en el Cáucaso Sur. Con la retirada de esas tropas y la consolidación azerbaiyana en la región, Aliyev pretendió presentar el acto militar como una victoria no solo sobre Armenia, sino sobre el rol ruso en el equilibrio regional.
La presencia del embajador ruso Evdokímov en la tribuna resulta llamativa. El desfile celebraba justamente la reducción del margen de influencia de Rusia en el Cáucaso, algo que no pasó desapercibido para observadores diplomáticos.
La ausencia de representantes de alto nivel de la Unión Europea y las Naciones Unidas envía una señal política clara: no existe consenso internacional sobre el mensaje que Aliyev quiso proyectar. El intento de coronar una narrativa de “victoria irreversible” no logró respaldo diplomático.
Mientras Azerbaiyán exhibió armamento y habló de “hegemonía caspiana”, las voces internacionales más influyentes evitaron legitimar ese discurso con su presencia.






