
¿Cómo usa Azerbaiyán su gas para presionar a Europa mientras se alía con Rusia contra Armenia? Análisis de la doble estrategia de Aliyev y sus implicaciones globales.
El presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, ha convertido a su país en un actor clave en el tablero geopolítico global, manejando con destreza dos fichas: su gas como herramienta de presión sobre Europa y su conflicto con Armenia como excusa para alinearse con Rusia. Este doble juego, sin embargo, no está exento de riesgos ni contradicciones.
En julio de 2022, la Unión Europea (UE) y Azerbaiyán firmaron un acuerdo para duplicar las exportaciones de gas azerbaiyano a Europa para 2027, alcanzando los 20.000 millones de metros cúbicos anuales. Este pacto respondía a la urgencia de Bruselas por reducir su dependencia del gas ruso tras la invasión de Ucrania. Sin embargo, hoy Bakú exige un nuevo contrato post-2027, argumentando que necesita «garantías» de que Europa seguirá comprando su gas.
Pero hay un problema: Azerbaiyán no tiene capacidad para cumplir sus promesas sin ayuda rusa. Según expertas como Natalia Belova de Energy Intelligence, parte del gas que Bakú exporta a Europa es, en realidad, gas ruso adquirido a través de intercambios en el Caspio. Esto convierte a Azerbaiyán en un intermediario estratégico para Moscú, que busca eludir sanciones y mantener influencia en el mercado europeo.
¿Por qué la UE hace la vista gorda?: dependencia energética: Tras el sabotaje del Nord Stream y la guerra comercial con EE.UU. —que ha encarecido el gas licuado estadounidense—, Europa necesita diversificar sus fuentes. y presión interna: Gobiernos como Alemania e Italia han invertido en infraestructura (ej. el Corredor Sur de Gas) para recibir gas azerbaiyano, lo que limita su margen de maniobra.
Aliyev lo sabe y, por eso, amenaza con desviar su gas a Asia si la UE no cede. Pero esta opción es inviable: mercados como China ya están saturados por el gas ruso, y Turquía —aliado clave de Bakú— no tiene capacidad para absorber grandes volúmenes.
Mientras negocia con Europa, Aliyev intensifica su retórica contra Armenia. En el XII Foro Global de Bakú, acusó a la Misión de Observación Civil de la UE en Armenia de «espionaje» y denunció el envío de armas europeas a Ereván. Este discurso no es nuevo, pero sí revelador:
Nagorno-Karabaj como telón de fondo: Tras la guerra de 2020 —donde Azerbaiyán, con apoyo turco, recuperó territorios perdidos en los 90—, Bakú busca consolidar su victoria. El bloqueo del corredor de Lachín (2023) y las escaramuzas fronterizas son parte de una estrategia para debilitar a Armenia.
Sinergia con Moscú: Las declaraciones de Aliyev contra la UE coinciden con las advertencias de Maria Zakharova, portavoz del Kremlin, sobre la «amenaza» de las tropas occidentales en Ucrania. Ambos discursos comparten un objetivo: deslegitimar la presencia de Occidente en regiones consideradas áreas de influencia rusa.
La paradoja de la alianza Rusia-Azerbaiyán: Aunque Moscú y Bakú son socios en el marco de la OPEP+ y comparten intereses energéticos, hay tensiones. Turquía, miembro de la OTAN y rival histórico de Rusia, es el principal aliado militar de Azerbaiyán. Sin embargo, Putin tolera esta ambigüedad porque necesita a Aliyev para dos cosas: Una, mantener inestabilidad en el Cáucaso, lo que justifica la presencia militar rusa en Armenia. Y otra, servir como canal para el gas ruso hacia Europa.
La UE enfrenta un dilema existencial. Si cede a las demandas de Azerbaiyán, financiará un régimen autoritario que, con apoyo turco y ruso, mantiene bajo amenaza a Armenia, el único socio prooccidental de la región.
Pero también sufriría si rechaza las exigencias de Bakú, arriesga una crisis energética en un contexto de tensiones comerciales con EE.UU. y elecciones europeas donde partidos antiestablishment podrían capitalizar el descontento por los precios de la energía.
¿Qué gana Azerbaiyán en todo esto ? Pues legitimidad internacional. Al presentarse como proveedor energético «confiable», Aliyev diluye las críticas por sus violaciones de derechos humanos. Pero también logra un apoyo tácito de Rusia: Moscú ve con buenos ojos que Bakú distraiga a Occidente en el Cáucaso mientras avanza en Ucrania.

Azerbaiyán no es un mero peón de Rusia, sino un actor que aprovecha las grietas del sistema internacional para maximizar su poder.
Su estrategia, sin embargo, deja altos costos para Armenia que sigue atrapada entre la indiferencia de Rusia (que no ha cumplido sus obligaciones en la CSTO) y la lentitud de la UE. Y Europa también queda herida, ya que al priorizar el gas sobre los valores erosiona su credibilidad como defensor de la democracia.
El conflicto en el Cáucaso no es local: es un microcosmos de la lucha global entre autocracias y democracias. Si Occidente no articula una respuesta coherente —que combine sanciones selectivas, apoyo real a Armenia y diversificación energética—, Aliyev y Putin seguirán escribiendo las reglas del juego.






