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Oposición: ¿Qué sinceridad, qué credibilidad? por Ara Toranian

Sí, por supuesto, el movimiento de protesta iniciado durante casi un mes por la alianza opositora está movilizando a la gente. Probablemente ,movieron alrededor de 15.000 personas para la manifestación del 9 de mayo, en el punto álgido de la protesta. Los organizadores contaron al menos el doble, por supuesto. Y el gobierno la mitad, obviamente.

En cualquier caso, la alianza de las fuerzas del antiguo régimen, musicalizada por la FRA de Armenia, no cambia las notas. Su capacidad de movilización está al mismo nivel que la que precedió a las elecciones legislativas de junio de 2021, que tuvieron su punto máximo el 18 de junio con la reunión de Kocharyan en la Plaza de la Républica, con unos 40.000 participantes. El día anterior, Pashinyan apenas había logrado hacerlo mucho mejor. Esto no le impidió ganar las elecciones del 21 de junio de 2021 por un amplio margen. Y conseguir así la legitimidad democrática para gobernar.

Porque demográficamente, el país no se reduce al centro de la ciudad de Ereván, el refugio de la «Armenia que les va bien», la que vota en gran medida por Kocharyan, la que mejor se adaptó a la oligarquía y a la corrupción y cuyos balcones tenían gente durante la guerra de 44 días…

Las fuerzas del antiguo régimen vienen desafiando constantemente la «legitimidad» de Pashinyan desde el acuerdo de alto el fuego del 9 de noviembre de 2020, una derrota de la que esperaban alimentarse para volver con fuerza. Lo repiten hoy al seguir exigiendo la dimisión del Primer Ministro. ¡Como si no hubiera vuelto a poner en juego su mandato, hace menos de diez meses, con la convocatoria a nuevas elecciones que tuvieron lugar un año y medio después del sufragio del 9 de diciembre de 2018! ¿Querrían nuestros manifestantes elecciones legislativas cada semestre, ellos que alegremente las hacían fraudulentas desde sus pasadas épocas de esplendor? ¿No entienden o pretenden ignorar que las cartas políticas ya se barajaron, que el pueblo decidió democráticamente, como había que hacerlo después de la derrota de la que son en gran parte responsables?

¿Cómo no preocuparse por la incapacidad de esta oposición para hacer la más mínima mirada crítica a su propia experiencia de poder, aceptar el veredicto de las urnas y renovarse? Teniendo cuidando de no aparecer demasiado al frente de las marchas opositoras, Serge Sargsyan, y peor aún Robert Kotcharyan, ciertamente nunca pudieron distinguirse por su brillantez democrática desde la época en que ejercían una dominación indiscutida. Pero, lamentablemente, sus métodos actuales no muestran ningún cambio de paradigma.

Lo que sí llama la atención en este movimiento que pretende hacer la revolución a la inversa, mezclando con menos espontaneidad y talento el modus operandi de quienes derrocaron a sus líderes en 2018, es su aspecto apasionado, su autosatisfacción, la pobreza de sus propuestas.

Jugando con todos los resortes del nacionalismo, los manifestantes no retroceden ante ninguna violencia verbal, una y otra vez acusando al Primer Ministro de «traición». No se trata de apelar a la razón, sino de jugar con la emoción, convocando para las necesidades de la causa todos los estereotipos del registro patriótico, con canciones revolucionarias de finales del siglo XIX y los trajes folclóricos correspondientes, a excepción de las actuaciones de Sirusho, la nuera de Kocharyan que interpreta a Zartir Lao con el puño en alto en la tribuna de la «Resistencia» …

¿Qué podemos decir también de la suficiencia de este movimiento que está a mil kilómetros de distancia de un Pashinyan que se flagela con culpa frente a la Asamblea Nacional, o que ignora cualquier cuestionamiento o toda responsabilidad por la derrota, por la falta de preparación de Armenia para la guerra, por la frivolidad mostrada por sus líderes que se atiborraron durante treinta años, mientras la corrupción carcomía desde dentro las almas y las mentes del país?

Habría mucho que decir sobre esta mentalidad deplorable que dejó a Armenia y la República de Nagorno-Karabaj sin solución ni defensa contra el enemigo. Antes de criticar a los que se levantaron en 2018 contra esta decadencia moral, esta ceguera política, y que pagaron el precio de su legado en la época de la guerra, ¿no harían bien estos exlíderes en barrer delante de su puerta? ¿Inclinar la cabeza ante su pueblo, reconocer sus errores, su falta, su incompetencia? ¿ O, por lo menos, ser olvidados?

Por último, ¿Qué podemos decir del contenido político de los discursos de estos «opositores», que pretenden querer un gobierno de unidad nacional, mientras pisotean el honor de su adversario, que hacen gárgaras con consignas huecas y demagógicas sobre la «seguridad» después de haberla vendido alegremente cuando estaban en los negocios; que apelan a esa «solidaridad» de la que tanto se burlaron aplastando descaradamente a las personas que terminaron por expulsarlos; que abogan por la «estabilidad» después de haber intentado mantenerla disparando contra los multitud el 1 de marzo de 2008?

Estas hermosas consignas del partido «Armenia Fuerte» que hoy gritan, ¿por qué no las aplicaron en su momento, en lugar de cavar la tumba del país?

Para hacer una democracia, hay que ser dos. Armenia, que ciertamente todavía tiene mucho progreso por hacer en esta área, merece algo mejor que esta oposición, cuyo único título de gloria es la lealtad a Putin (¿por cuánto tiempo más amo del juego regional?) y que, en cualquier caso, no había necesidad de firmar un nuevo pacto estratégico con la Armenia de Pashinyan…

La nación está saturada de demagogia. ¿Qué armenio se alegra de la derrota? ¿A quién no le importa el regreso del panturquismo? ¿A quién no le preocupa el aislamiento del país, ni teme por su futuro? La política es el arte de lo posible. La nación necesita reflexión, solución, diálogo. Para ello existen instituciones y, en primer lugar, una Asamblea Nacional.

En lugar de fortalecerla y, por lo tanto, participar en la consolidación del Estado, algunos optaron nuevamente por la desestabilización en la calle, con el argumento de que ellos mismos fueron expulsados por la calle. Un reflejo primario que rápidamente ignora el hecho de que el despotismo que ejercieron durante 20 años no ofreció en ese momento otra alternativa que el levantamiento popular. Lo cual se hizo. Afortunadamente.

Es hora de darse cuenta de que las cosas cambiaron. Y que la única revolución que vale la pena requiere un cambio de modelo, la transición de una oposición destructiva y estéril, de un frente de rechazo permanente, a una oposición constructiva dotada de una capacidad real de propuesta.

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